Mi rincón cicatriz

Ese amarillo pastel de la portada. Esa escoba, ese unicornio corriendo con su crin al viento. La luna y el castillo, y esa tipografía que, por más cutre que pueda parecernos ahora, nos trae recuerdos maravillosos.

Hace poco quise aprovechar el estreno de Animales fantásticos 2 y fui a verla al cine. Si lo llego a saber, no malgasto ni tiempo ni dinero. Menudo desperdicio. Si estáis dudando porque la primera no os acabó de convencer… No vayáis a verla. No vale la pena. ¿Por qué? Por sus personajes desaprovechados, por los efectos especiales súper mega guapos desaprovechados, por la historia, por… Por todo.

Volviendo a lo que nos reúne hoy aquí, Harry Potter supuso la infancia y la adolescencia de muchas. De mí, por ejemplo. Yo abandoné mis queridísimos libros del Barco de Vapor por la magia del joven mago, por la Salamandra que me escupió su historia de fuego en la cara. No mucha gente le conocía por aquel entonces, y yo tenía menos de la mitad de años que tengo ahora.

Solía leer las historias de Rowling en el patio, en un rincón, dándole la espalda a los críos que jugaban a fútbol y evitaban invitarme porque era más malo que las piedras (esto último es muy cierto, o lo era al menos). En Educación Física sucedía igual, me escogían el último o, si los equipos ya eran pares cuando me quedaba solo, sugerían que me quedara fuera. Sentir eso es una mierda. Como lo fueron tantas otras escenas de mi vida entre las paredes del colegio y, más adelante, del instituto. Rowling y sus aventuras me ayudaron a no pensar demasiado en ello.

En aquel rincón me fijaba, de reojo, en las personas que pasaban. No era muy común que me devolvieran esa medio-mirada. Entonces me preguntaba —o me pregunto ahora, ya con perspectiva— por qué esa gente no se preocupaba de su alrededor, por qué vivía en una burbuja que, claramente, parecía que iba a ahogarles. Aunque, si lo pienso mejor, al mismo tiempo que les juzgo, yo estoy hablando de mi propia burbuja, de la que me aisló de personajes innombrables y de abusones de Slytherin.

A partir de los libros de Rowling, que me acompañaron del paso de la infancia hasta la juventud, viví imaginando cómo llegaba una carta mágica que me arrancara de mi realidad y me llevara a una nueva en la que no aburrirme. En la que no desear ser charco los días de lluvia. Necesitaba sentir algo. Algo más, al menos. Y si el Barco de Vapor y sus mil historias divididas por colores me sirvieron para iniciarme en la lectura (junto con las Pesadillas de Stine, no nos olvidemos), las aventuras de Harry, Hermione y Ron me sirvieron para afianzarme como lector.

Pero debo confesar algo: una vez más, imaginé demasiado. Porque no hubo magia enviada a través de buzones y chimeneas, ni oscuridad que transmutara de golpe en luz. No al menos del modo tan brusco que, cada noche al acostarme, imaginaba. Luego llegó la literatura. La LITERATURA. Empecé a escribir. A soltar en algún lugar la imaginación que llevaba tanto tiempo dando tumbos en mi cabeza. Pero de eso hablaré en otra ocasión, que es un tema que tiene tela.

Tras leer todos los libros de Harry Potter —mis favoritos en castellano y catalán, debo decir—, decepcionarme ante el estreno de la película Reliquias de la muerte PARTE 1 —¡QUE SE SUPONÍA QUE ERA LA ÚLTIMA, NO LA PENÚLTIMA, SHODER!— y, finalmente, con unos cuantos centímetros de más y bastante pavo encima, terminar de ver todas las películas por primera vez, me di cuenta de que Rowling y su universo tenían un potencial extraordinario. No podía esperar a ver cómo se desarrollaba ese universo a través de otros personajes, de otras épocas, alrededor de otros conceptos. Ese fue otro ejemplo de imaginación no satisfecha, porque a día de hoy no siento que ese deseo no se ha cumplido. Así, Los crímenes de Grindelwald se convierte para mí en una especie de placebo para todas aquellas que imaginamos el potencial que tenía una saga que, hoy, más que una historia, es una marca.

Ahora, ya sin tanta ilusión, sigo respetando ese rincón, esa burbuja, ese lugar en el que cicatrizan mis heridas. Leo, descubro nuevas historias, y me recreo con los gritos de otras voces. Más nuevas y menos conocidas. Más íntimas. Y sueño con, poco a poco, formar parte de esas voces, ser leído y compartido, y seguir mejorando entre sueños que no se cumplen, pero que son más fuertes que cualquier realidad vivida antes de la hora del patio.

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