El sentido de la maravilla más allá del papel

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¿Qué nos llevamos de nuestros viajes? ¿Somos las mismas personas que éramos al partir? ¿O nunca más volveremos a ser esas personas? Esas y más preguntas invadieron mi mente cuando pestañeé y ya estaba en Salamanca. Viaje en AVE, risas con amigas, letras y lágrimas que mojan por dentro. Me volví a preguntar lo mismo cuando pestañeé de nuevo y ya estaba en Barcelona, en una Barcelona gris.

Becky Chambers (El largo viaje a un pequeño planeta iracundo) opina que no. Que por supuesto que cada vez que viajamos nos desprendemos de una parte de nosotros mismos que dejamos perdida allí, en nuestro destino, por el camino o en una suerte de limbo inaccesible. Al mismo tiempo, nos llevamos parte del lugar visitado, de la gente con la que hemos conectado. De las risas. Y no puedo estar más de acuerdo con ella.

Pero pese a todos los matices que adquirimos a lo largo del tiempo y a todas las preguntas que quedan sin respuesta, parece que hay una base siempre presente en nuestra forma de ser. Yo, por ejemplo, siempre fui un crío con demasiada imaginación. Y por más que lo he intentado, nunca he logrado dejar de sentirme así. Hace ya cuatro años que me faltan dedos (sí, incluyo los de los pies) para contar mi edad y me siento igual que aquel niño que no sabía jugar a fútbol y que, cruzado de piernas, leía Harry Potter tras la valla del patio. Sí, de reojo observaba el exterior, me fijaba en la lejanía. O quizás entornaba sin querer la mirada hacia ninguna parte.

Tened en cuenta algo: debéis tener cuidado con la imaginación no satisfecha. Con las expectativas, con las paranoias. Con las maneras que tenemos de gestionar nuestro día a día. “No esperaba nada y aun así me has decepcionado”. Bien, pues yo siempre espero algo. Y casi nunca llega. O quizás siento que no llega porque, si una mitad de mi cerebro es imaginación, la otra mitad es impaciencia.  Esta es mi segunda visita a un festival literario y, tras volver a casa, me sentí vacío. En el primero (durante el verano pasado), encontré la motivación adecuada para escribir bastante al regresar (cerca de 30.000 palabras en apenas un mes, y solo cuento la ficción). En esta ocasión, quizá por el frío, por lo rápido que fue todo o por vete a saber qué, insisto: me sentí vacío.

En realidad debo confesar que la culpa de todo la tienen mis amigas. Amigas que, más que eso, se afianzaron como familia y prendieron en mi vida una chispa que normalmente siento apagada. Con ellas puedo ser el niño con demasiada imaginación mientras siento que ellas también son ellas mismas. Claro que puedo hablar de mis mierdas en mi día a día, pero no es lo mismo.

Este texto pretendía en origen ser una crónica de la HispaCon, pero el formato periodístico nunca fue lo mío. Luego, una vez pasado el vacío, pretendió ser un texto lleno de color y jolgorio en el que exaltaba los dones de la literatura. Dones que en el momento de escribir este texto siento como regalos envenenados porque el vacío ha vuelto. Porque acaba el año y siento que no termino de arrancar, porque estoy en todo y no estoy en nada. Y sí, el tono de estas líneas es en cierto modo pesimista, pero al mismo tiempo me sirve de catarsis. De liberación hacia un nuevo camino.

Así soy yo, y creo que le debía a las pocas personas que visitáis mi página un pequeño texto a modo de presentación. Si me leéis, si me seguís, sabréis que suelo hablar de otra gente. De otros libros, de otras historias. Y no solo en A Librería, en La Nave Invisible o en Café Librería, sino también aquí. En mi blog personal. ¿Alguien le ve alguna coherencia a esto?

Así que a partir de 2019, esta es la cara de mí que veréis en este blog. Mi auténtica cara. La del irónico cansado de la gente, sí, pero también extrañamente positivo en días de lluvia. La del crío enamorado de la fantasía, la ciencia ficción y el terror que pocas veces se siente satisfecho, pero que repite género —leyendo y escribiendo—, y luego varía para siempre regresar. La del que intenta escribir sin sentimientos —solo acción, qué más da—, pero que quemaría esos mismos papeles porque siente que se está traicionando. Os debía un texto así. Me debía un texto así, y relacionarme con distintos artistas en Salamanca me hizo darme cuenta de esto y de mucho más.

Pero no os preocupéis: esta página no será un pozo de oscuridad. Hace poco me sugirieron que la etiqueta #DreamPunk (usada, por ejemplo, por Campbell y Cotrina) le pegaba a mi obra. Y esos son los textos que yo quiero escribir, textos fantásticos pero llenos de sueños que no se cumplen y de pesadillas que sí lo hacen. Y de protagonistas que, pese a ello, logran salir adelante.

De la HispaCon de este año me llevo todo eso. Y lo envuelvo en un vacío que es al mismo tiempo el sentido de la maravilla fuera de las páginas de un libro. Puedo verlo, puedo sentirlo. Puedo tocarlo y creer que otra vida es posible, que algún día seré capaz de asentarme y compaginar a la perfección la lectura, la crítica literaria, la escritura y mi trabajo. Que me dejaré de altibajos, de paranoia, de desánimo. Que mi familia literaria no estará a horas y kilómetros de distancia.

Al fin y al cabo, soy un niño con mucha imaginación.

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