El lapso

Mi tercer ingreso en la universidad terminó resultando de nuevo en un tormento.
Pasar la mayor parte del verano escribiendo se acabó convirtiendo en una innecesaria distracción que me sumió en un sueño pesado, casi eterno. Cuando quise despertar, una parte de mis exámenes de acceso había caducado, las plazas de septiembre estaban todas a rebosar y en mí no quedaban ya más que remordimientos por culpa del deber incumplido.
Mis opciones estaban muy limitadas y, por si fuera poco, me encontraba en plena mudanza. Tampoco logré que Penélope aceptase mi éxodo enfocado hacia mi futuro, así que terminó dejándome el día antes de abandonar Soror mientras gritaba improperios contrarios a mi egoísmo.
En general, estaba bastante decepcionado. No encontré una asignatura relacionada con la escritura creativa en mi primer año de carrera y tampoco hubo, como tanta veces soñé, días de aprendizaje entre los poetas muertos.
Ya el primer día de curso académico, mis designios y sueños se trasladaron a vivir a lo más profundo de mi imaginación. A parte de haber empezado un mes más tarde las clases debido a ese despiste estúpido, se me había asignado por descarte la asignatura de alemán, idioma del que yo no tenía ni idea y cuyo estudio ya llevaba cuarenta y cinco días a sus espaldas. El superhombre se estaría revolviendo en su tumba. Mis compañeros ya sabían contar hasta cuatrocientos noventa y nueve en la poderosa lengua germánica y yo no sabía ni dar los buenos días.
Debido a eso, abandoné la primera y única clase de alemán a la que asistí diez minutos después de que diera comienzo. Cerré la puerta con suavidad, bajé las escaleras que conectaban unos con otros aquellos pasillos tan vacíos de la facultad y me dirigí a su recepción, que estaba al lado de aquel enorme portón de hierro en el que se podía leer «Facultad de Filosofía y Letras».
—Buenas tardes —dije. Encima, me habían asignado el horario nocturno, el que acumulaba sus clases de seis a once. Ya me había encontrado con un par de tipos extraños que me miraban y silbaban mientras iban echando su orina en forma de chorros interrumpidos dentro de las papeleras del andén.
—Hola, un segundo —me contestó la recepcionista, mientras parecía terminar el último capítulo de un antiguo libro sin cubierta—. Sí, ¿en qué puedo ayudarte? —dijo, un par de minutos después.
—Quería cambiar una de mis asignaturas.
—¿A estas alturas?
—Esto, sí… Eh… Quiero cambiar el alemán de primero por inglés…
—A ver —dijo, mientras se levantaba de la silla.
A los tres minutos, la mujer volvió con una hoja recién imprimida en cuya cabecera pude leer «Solicitud extraordinaria de cambio de asignatura». Me dijo:
—Deberás rellenar este formulario y, en la hoja adjunta, explicar un motivo de peso que convenza al Decanato —hizo una pausa—. En aproximadamente un mes después de entregarla, obtendrás la respuesta.
Me quedé un segundo en blanco.
—¿Estás bien? — preguntó la mujer mientras yo volvía a la realidad.
—Sí, eh… sí. Gracias —dije, mientras me marchaba, desorientado, cansado, perdido en el grisáceo ambiente que se estaba creando a mis espaldas.

Tras eso, me dirigí a un banco exterior que quedaba muy cerca de la siguiente aula que debía ocupar. Me tocaba Historia del lenguaje en la 12.5. Al lado de la clase, además de unos bellos jardines que estaban algo descuidados, había una máquina expendedora de café. Me saqué un capuchino por cincuenta céntimos. Sabía a rayos. Luego me senté en el banco y me di cuenta de que me había dejado la solicitud extraordinaria de cambio de asignatura encima del maltrecho mostrador. Y ya eran las once, así que debía dirigirme hacia la doce punto cinco.
Me levanté del banco, me deshice del vaso de plástico vacío y me dirigí hacia la clase. Al entrar, me di cuenta de que solo éramos cuatro alumnos. Menudo entusiasmo. Llegaba justo, pero no tarde. La profesora era una chica muy joven, de piel oscura y cabellos ondulados y negros que caían en un curioso descenso en espiral. En su mirada, un par de ojos claros como el hielo. Me miró un instante y volvió a bajar la vista hacia sus apuntes. Me senté en segunda fila, porque la primera estaba vacía y mis tres compañeras estaban dispuestas en las filas traseras, cada una más alejada de la anterior. Los cuatro gatos quedamos así repartidos en una especie de azaroso e incompleto tres más uno en raya.
La clase de Historia del lenguaje daba comienzo oficialmente.
—Buenas tardes, chicos —dijo la profesora—. Espero que me disculpéis, pero esta es mi primera clase. ¿Os parece si empezamos por presentarnos?
Los cuatro asentimos.
—Bien, yo soy Onia. ¿Y vosotros? Presentaos en orden, por favor.
—Yo soy…
En ese momento, sentí que el tiempo se empezaba a detener. El silencio fue el único que supo anticipar que mi memoria estaba cayendo en una especie de lapso inconcreto. Me quedé mirando a los ojos a la profesora Onia, a esos ojos fríos como el glaciar más cruel. Su imagen parecía una escena en pausa, los ojos abiertos y la boca en señal de sorpresa. Sentí entonces un leve pitido en mi oído izquierdo que luego se trasladó al derecho para acabar expandiéndose por todo mi panorama auditivo.
De golpe, todo mi cuerpo cayó, devastado, hacia la izquierda y yo me fundí con el negro tizón.

*
Al despertar, me encontraba tumbado en el banco en el que me había bebido el capuchino sabor rayo. Era de día, un día brillante y bipolar, que iba mezclando la luz de su sol con distintos reflejos anaranjados, rosados, augustos, perennes. Psicodélico.
Entonces, me levanté y miré a mi alrededor para darme cuenta de que el edificio de la facultad había desaparecido. En su lugar se encontraba un imponente jardín que nada tenía que ver con el del centro de Filosofía y Letras. En él, enormes plantas violetas, azules, turquesas y rojas. Sus hojas y su esencia se elevaban ante mí, me amenazaban, me impregnaban. Un magnífico olor como de dama de noche al caer el día lo impregnaba todo.
Me dispuse a dirigirme hacia lo que había sido la entrada a la facultad cuando una mujer se acercó a mí. Era muy horrenda, o al menos lo era su mitad visible. Una especie de boina roja le tapaba el ojo izquierdo y medio rostro, y su pequeño ojo derecho era completamente negro. Su piel era gris y tenía una joroba enorme que le impedía erguirse. Parecía que me observaba fija, con aquel extraño y diminuto fragmento esférico de carbón pegado en su cara.
—Hola, Ulises —empezó a decir. Sabía mi nombre—. Al fin has llegado.
—¿He llegado dónde? —pregunté, confuso—. ¿Dónde estoy?
—Estás despierto —dijo la mujer—. Estás en…
—Estoy soñando —la interrumpí—. Estoy en clase. Esto es un sueño, solo un sueño. Y ahora voy a despertarme.
Pensé con insistencia en romper con aquella pesadilla a cuestas, viaje onírico, alucinación hiperbolizada. Lo que fuese.
Pero no logré acabar con ella.
—Fíjate bien —empezó a decir la mujer—. ¿No crees que todo esto es demasiado real?
Asentí poco a poco, me retiré un par de metros, el ojo de carbón clavado en mis entrañas, y luego me pellizqué el brazo. Sentí un pequeño dolor como de carne hundiéndose, como de sangre deslizándose por mi piel de gallina.
—¿Lo ves? ¿Lo crees ahora, Ulises? —insistió la mujer. De nuevo, el vocativo.
Tras eso, salí corriendo, como si escapara de una evidencia incalculable. Me metí en los jardines plagados de gigantes plantas multicolores. Todas seguían oliendo a dama de noche. Entonces, me acordé de mi abuela y de su acepción por esa planta, y de su insistencia en cómo la que tenía en su jardín impregnaba todo el terreno durante las noches más cerradas de invierno.
En mi avance por el vergel, mi ropa, mi piel y mi sangre se impregnaron de ese olor dulzón. Estaba empezando ya a aborrecerlo cuando observé hacia el cielo y pude ver cómo anochecía a una velocidad impresionante para después amanecer de nuevo. La noche había durado menos de un minuto. Me quedé embobado y luego volví la vista hacia mi avance: el jardín, tan enorme como parecía, se había ya acabado. El tiempo parecía acelerado en aquel paraje de impredecible locura.
Ahora, ante mí se alzaba una especie de fuente de piedra que tenía dos mujeres y dos hombres desnudos como cuerpo. Los hombres eran musculosos, esbeltos, de cabellos rizados. Ellas eran también poderosas, canónicas, de largos cabellos lisos hacia el suelo. Las cuatro bocas de las estatuas escupían chorros de agua negra. Era una imagen tétrica, y una sensación de escalofrío me recorrió la espalda. Volvió a anochecer durante un segundo y luego volvió a amanecer.
Y luego el sol y la luna jugaron una y otra, y otra vez más.
Entonces, noté una presencia a mis espaldas. Era la extraña mujer, que parecía haberme seguido a un paso digno del jorobado más raudo.
—¿Me está siguiendo? —quise preguntarle.
—Sí, joven. Te estoy siguiendo —dijo. Su voz rezumaba oscuridad.
—¡Pues deje de hacerlo! —grité, desesperado—. ¡Este es mi sueño y yo lo domino!
—¡Idiota! —La mujer se enrojeció de ira, se elevó, pareció crecer medio metro en mi contra—. ¡No estás soñando! —Su chillido explosionó hacia el infinito—. ¡Estás despertando!
—¡No es verdad! —grité, esta vez más fuerte —. ¡No me mienta!
Volvió a amanecer por última vez. Un haz de luz me cegó hasta hundirme en la claridad más pura, en la insatisfacción más pálida.

*
Me desperté en una maltrecha cama de hospital. A mi alrededor pude vislumbrar el pasillo del lugar, los pies de las camillas de mis compañeras de estancia y el verde blanquecino de aquellas paredes demacradas. Olía a desinfección, a mañana en la piscina, a qué se yo; olía a hospital.
De golpe, sentí frío. Una brisa invadía el ambiente y quise levantarme para cerrar la puerta de mi estancia, pero en seguida me di cuenta de que me encontraba en un box, así que no había puerta alguna que cerrar. Mis pies salían por debajo de las sábanas, y por ello pensé por un momento que era probable que estuviese esperando la visita del pediatra, pero recordé que no era ya ningún crío. Tardé unos segundos en recuperarme y, luego, me incorporé. Entonces, me senté en la cama. Casi no podía moverme, me dolían todos los músculos del cuerpo, no podía pensar con claridad y tampoco entendía lo que me había ocurrido. ¿Dónde estaban la profesora, mis compañeras felinas, la intransigencia del jardín multicolor y las asustadas estatuas de ennegrecidas entrañas?
Mientras me encontraba sumido en reflexiones similares a las anteriores, pero algo menos alentadoras, una enfermera joven que llevaba unas gafas de pasta redondas pasó por el pasillo contiguo a toda prisa y abandonó rápida la escena de mis ojos. Un segundo después, regresó y se dirigió hacia mí.
—¿Cómo estás? ¡Al fin has despertado! —dijo, con cierta alegría fingida.
Había despertado por segunda vez.
—Estoy… algo… confuso. Me duele todo —contesté.
—Has tenido un ataque de epilepsia —dijo, luego pasó las páginas de un informe que llevaba en la mano—. Dos, en realidad —hizo una pausa—. Y un paro cardíaco. Avisaré a la doctora.
Sus palabras sonaron tan abruptas que tardé minutos en asimilarlas. La enfermera se fue dando pasitos rápidos y yo volví a tumbarme poco a poco mientras imaginaba que en un par de días saldría del box, que mi cuerpo abarrotado abandonaría ese constante dolor y que me reencontraría con la enfermera fuera, en el mundo real. Igual en el fondo no era tan dura y le gustaba la danza urbana tanto como a mí.
Ese periplo de imaginación se desvaneció en cuestión de segundos y empecé a fijarme, otra vez, en lo que me rodeaba. Alguien me había dejado una bandeja de magdalenas de chocolate, de mis favoritas, encima de la mesa, pero se había olvidado de taparla. Una mosca sobrevolaba la merienda y se posaba encima de uno de los bollos, luego se iba, luego volvía. Casi parecía una pepita más.

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Luego, la mosca pareció fijar en mí su vista hexagonal. Retorcía sus patas sobre sí misma, repeinaba su antena roja. Y con chillidos ahogados de mosca muerta o muriendo parecía llamarme, tirar de mí hacia un pozo sin más final que la oquedad más ambigua. Entonces, mi vista pareció detenerse y secarse en la mosca, o en la pepita, o en aquella esfera carbón y pequeña que no era ya ni insecto ni chocolate, sino una mezcla de ambos. Quise despedirme pegándole un mordisco a mi bollo favorito, pero no fui capaz. No podía moverme.
Allí, tumbado en la cama del hospital, encima de un colchón de diez centímetros de grosor, abandonado en el box, empecé a notar como mi cuerpo se iba paralizando. Primero fueron los dedos de los pies, luego las piernas entumecidas. Entonces, la sensación fue emergiendo. Apenas notaba el latir de mi corazón y el hormigueo de mis dedos avanzó hasta mis hombros. No podía mover un solo ápice de mi enormidad. En mi sangre nadaban juntas la corrupción y la insistencia del dolor que crece hasta explotar. Y se ahogaron en un mar carmesí que no llegaron ni a entender.
Al final, aquel ascenso inesperado repelió mi resistencia y la venció, convirtiéndola en densa desesperanza. Mi cerebro rechazó toda orden neuronal y se hundió, otra vez, en el negro carbón. Estaba despertando y, mientras lo hacía, no pude evitar identificar el olor de la dama de noche introduciéndose en mis sentidos.
Ya no era más que carne arrojada al vacío de un hedor atemporal.
Estaba muriendo.


Fotografía de portada: José Ignacio González Pansiera
Ilustración adjunta: Gemma Martínez

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