Inktober ampliado (II): Ciudad Negra

11. Nial

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Soy Nial, trabajo en el Departamento de Control de Plagas de la corporación Vita nostra (DCP de la VN para los amigos y clientes) y me encargo de arrancar a las hembras de diferentes especies animales de sus hábitats naturales —de los pocos hábitats naturales que todavía quedan en la Tierra— para evitar que los Amoenus, un grupo de extremistas de mierda disfrazados de hippies, los utilice para montar un ejército con el que pretenden destruir el orden actual.
Sí, sé que suena extraño, pero creedlo, se está librando una batalla silenciosa que incluye a ecologistas y a magnates. Y es necesario que decidáis un bando.
Hoy, mientras comíamos, Quelar, nuestra directora, nos ha insistido una vez más con que el único propósito de los Amoenus es el de utilizar a los animales como esclavos o soldados. Que no les importan sus derechos, no al menos tanto como a nosotras.
Creo que se me hace demasiado fácil elegir bando.

12. Pezuñas

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Hoy me ha tocado intervenir a una jabalí que acababa de parir. Al verla tumbada en la camilla, un escalofrío indoloro ha recorrido mi espalda, mis ojos clavados en el rostro dormido. Bajo la sábana ensangrentada, las pezuñas colgando de la camilla. ¿No habrá alguna más grande que ayude a conservar la dignidad del bicho un poco mejor?
Amo a los animales, pero los colmillos me dan grima. Es un miedo irracional que me invade desde pequeña. Surge cuando contemplo a la pareja de dientes de sable del museo, a los elefantes del zoo o a esta jabalí que regurgitaba al roncar. No importa. Los colmillos grandes siempre me han dado repelús.
Creo que han sido los causantes de que la operación haya salido mal. A la Señora Quelar tampoco parece haberle importado, aunque a mí sí. A mí me duele haber arrancado una vida sin tener ese derecho, sin saber siquiera a qué la he condenado. Los animales tampoco pueden entender que lo hacemos por su bien, pero lo hacemos por su bien.
¿Verdad?

13. El ingeniero

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El DIR (Departamento de Investigación y Rastreo) asegura haber descubierto un nuevo paraje natural gracias a sus radares. Nos han enviado a Zwars y a mí a investigar la zona y a sustraer a una especie extraña que podría servir a los Amoenus en su malvado plan. Zwars Pendel es el ingeniero de extracción que me asignaron como compañero de correrías el día que llegué a la empresa y hasta hoy no había tenido el placer de conocerle.
Zwars es un tipo alto, calvo y fornido, de ojos pequeños y nariz grande y parece amenazarte cuando te mira, pero en realidad no lo hace. Seguro que cobra el doble que yo, mínimo, porque ser ingeniero de extracción no es moco de pavo: hay que saber dominar la caza y la aviación.
Antes de subir a la avioneta, me ha dicho que yo le sonaba, que si era de San Fernando. Le he dicho que no, que no nací aquí. Luego, ha arrancado el trasto bruscamente.
Me parece que huele a quemado.

14. Chocamos

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Algo va mal. La avioneta se tambalea, los motores rugen y nos está cayendo una enorme
tromba de agua encima. Eso último, claro, no lo podemos controlar, aunque el Departamento de Climatología asegura estar a punto de hacerlo. ¿De hacer qué, de inventar una especie de danza de la sequía? Con lo bien que va que llueva cada noche… Perdemos altitud. Caemos.
La avioneta se tambalea, Zwars tiembla, el mundo parece un terremoto. Un terremoto aéreo.
Con lo cerca que estábamos de nuestro destino, joder.
Chocamos.

15. Lobo carbón

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Me despierto encima de una vegetación frondosa, verde como los somníferos que les administramos a las hembras. Alzo la vista, pero no veo a Zwars y tampoco a la avioneta, o a sus restos.
Mi ropa está carbonizada, pero me encuentro bien. Me siento más viva que nunca, como si un aire renovador estuviese invadiendo de repente mis pulmones.
Entonces, los veo. Pares de ojos repartidos de manera desigual me rodean. Busco una salida, pero no la hay. Los lobos carbón han venido a aprovechar la ocasión, han venido a devorarme, a destriparme. Seguro que los Amoenus están detrás de tal hostilidad.
Aúllan. De golpe, todos aúllan y sus quejidos se camuflan con tiros hacia el cielo. Es Zwars, que ha dado conmigo. Va armado hasta los dientes, un riego de sangre le recorre el rostro y sus ojos están perdidos en la nada.
Ya no amenaza con la mirada; ahora mata.
Los lobos carbón huyen del ruido humano.

16. Lágrimas

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Zwars sale corriendo a por uno de los lobos carbón. Por suerte para él, su objetivo es una
hembra. La agarra del pelo, se saca de la chistera una pistola eléctrica y le imbuye una descarga que le recorre el cuerpo entero, los pelos tiemblan, su piel se tambalea, ella llora. Pero no se defiende.
O Zwars se ha vuelto loco, o ya estaba loco antes del accidente.
O eso, o yo me he equivocado de bando.
Se ve que ya había pedido un equipo de extracción desde los restos de la avioneta, así que nos recogen en seguida.
La loba sigue llorando.

17. La jefa

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Ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. O eso digo yo para intentarme consolar, para intentar perdonarme a mí misma lo ingenua que he sido todos estos años al servicio de Vita nostra.
Zwars ha visto la duda en mi rostro y me ha vendido. Creen que no lo sé, una vez más, porque creen que soy una idiota. Me meten en una habitación casi a oscuras, como si me fuesen a despedir o a asesinar. Quelar me espera allí.
—Hay algo importante que debo pedirte, Nial. —Su voz es suave, como siempre.
—Claro, dime, jefa —finjo interés.
—Los Amoenus cada vez son más. Ya no nos vale solo con extraer a las hembras. Debemos dar un paso más. —Hace una pausa—. Y tú tienes un papel vital que cumplir.
—Cuente conmigo —digo, sin ver una escapatoria.

 

18. Sábanas

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Zwars Pendel es un pendejo. Lo dice su mismo apellido y por su culpa estoy aquí, atada a una camilla. Me han puesto vías en los dos pies, en las dos manos y en la espalda. A metros de mí hay otra camilla, un cuerpo extraño bajo la sábana blanca, que parece ser el origen de los tubos que me suministran un líquido rojo.
No me atrevo a preguntar qué me va a pasar. Cualquier destino es mejor que la muerte por traición.
¿Verdad?

 

19. Intermitencia

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Me había dormido. Estoy boca abajo, colgada del techo gracias a unas cadenas. Ahora sí que ha llegado mi fin. En la otra camilla ya no hay cuerpo extraño, solo la sábana blanca manchada de algo oscuro.
Me toco la piel, ahora peluda, más peluda y punzante. Algo me está pasando. Quiero gritar, pero no soy capaz. Quiero llorar, pero no hay humedad en mi interior. Quiero agarrar las cadenas y romperlas, pero de repente descienden y me hunden en un tanque denso y rojo.
Y me duermo de nuevo.

20. Colmillos de sable

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He despertado otra vez, ahora en una jaula. Tengo recuerdos de cachorros moteados. Parecen recientes, más que los lobos carbón, pero no recuerdo haber intervenido a ninguna cría últimamente.
Más allá vislumbro un cristal. Un reflejo enorme me ayuda a descubrirme o, mejor, a volver a descubrirme: ahora soy una especie de felina de grandes ojos, con pelaje y nariz superdesarrollada.
Ah, y colmillos, tengo colmillos. ¡Malditos colmillos de sable! ¿Es que debo temerme a mí
misma?
—¡Felicidades, Nial! Eres la primera híbrida que sobrevive al proceso —farfulla la voz de
Quelar, escondida en algún rincón.
Soy una quimera.

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