El viejo y su dios (I)

Ciri y Andrea habían salido a por comida y agua y ya llevaban dos días fuera. Demasiado. Mientras, los Zorros restantes discutían sobre cuál era el paso más adecuado a seguir ante aquella nueva e inesperada situación. Ciri y Andrea eran el primer grupo de aprovisionamiento que no regresaba con su objetivo cumplido en un máximo de veintiséis horas. La gente del grupo se moría de hambre y el clima empeoraba por momentos: el cielo, cada vez más negro, parecía a punto de vomitar una tromba de agua enorme e incesante. Por si fuera poco, el techo de la casa franca no resistiría mucho más tras las lluvias torrenciales que habían desolado gran parte de las viviendas de la zona.

Entia no encontró, o no quiso encontrar el momento de preocuparse por su hermana Ciri, porque estaba terminando Crónica de una muerte anunciada y no podía dejar de leer. Aquellas letras se habían convertido en su refugio particular. La obra maestra de Gabo era el único libro que había podido conservar tras las múltiples catástrofes que vivió en tan solo un par de años y quiso guardarla y defenderla hasta la muerte aunque ya se la había leído una treintena de veces. En su interior, confiaba en que su hermana estuviese bien, porque siempre se las daba de dura y fuerte, y eso significaba que lo era. Entia estaba convencida de que Ciri sabría sobrellevar cualquier situación adversa en la que hubiese caído. En ningún momento pensó que pudiese estar en peligro real.

Finalmente, y mientras la pequeña Entia seguía deleitándose con la lectura, los Zorros restantes tomaron la decisión de abandonar el lugar. El cielo seguía insistiendo en su encapotamiento. La niña se sumergía cada vez más en su lectura y no se había percatado de lo que se estaba aproximando, raudo y violento, a través del cielo. Se había retado a terminarse esa novela por trigésima primera vez durante el transcurso de ese mismo día y estaba ensimismada en esa tarea. Con ella, un viejo y roto candelabro que la alumbraba. Cuando estaba a tan solo diez páginas de cumplir su objetivo, de repente, alguien se atrevió a cortarle las alas:
—¡Niña, niña! Por dios, pequeña —la voz era ronca, como si estuviese distorsionada por el paso de los años—, ¡¿qué haces todavía aquí?!

Entia estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas y apoyaba su espalda en una de las columnas de aquel edificio abandonado y medio destruido. Nadie solía molestarla cuando iba allí, porque temían un derrumbamiento sobre sus cabezas. Pese a ello, los edificios en ruinas eran las zonas favoritas de la pequeña, porque allí podía sentarse a leer su novela favorita sin que nadie la molestase.

Entonces, la niña dobló la punta de la esquina superior derecha de su libro y, poco a poco cerró la tapa turquesa, que aún conservaba levemente su color, desgastado por culpa de las correrías por la ciudad, las luchas por sobrevivir y el trote en general. Finalmente, y exteriorizando en parte la rabia que la hacía arder por dentro, la niña fue elevando poco a poco su cabeza para mirar a los ojos a aquel tipo y pedirle amablemente que se marchara y la dejara seguir con lo suyo.

Entia se sorprendió de lo que vio. Ante la niña, un viejo encorvado, muy famélico y muy moreno de piel meneaba con exagerada fiereza su larguísima barba blanca, ya casi gris. Parecía un muerto viviente, por como movía sus brazos en señal de alerta. Sus ojos eran de un color verde apagado. Antes de que el anciano pudiese repetir sus advertencias, Entia se dio cuenta de que estaba empezando a sentir una especie de extraña electricidad en el aire. Elevó su vista hacia las nubes y, entre una de las grietas del techo pudo observar que no existían ya esas nubes; una maraña negra y llena de una extraña tela blanca parecía cubrir la inmensidad del cielo.
—¡Es el apocalipsis! ¡Es la cólera del Señor! —Gritaba el viejo.
—Cálmese, por favor. Venga conmigo —hizo una pausa y empezó a descruzar sus piernas —Soy Entia, por cierto.
—Yo… yo soy Barbuss.
—¿Es ese su nombre real?
—¡Pues claro! –se indignó–. ¡Por supuesto! ¡Serás maleducada!

Entia se levantó, rauda y le hizo un gesto con la mano al viejo para que la siguiera. Se dirigió con él a toda prisa hacia la casa central que ocupaban los Zorros, pero se sorprendió de no encontrar a ninguno de sus compañeros allí.
—¡Niña loca! ¡El tornado! —gritó el viejo.
—¿Dónde están? ¿Y los Zorros?
—¡Se fueron! ¡Se fueron y nos dejaron atrás!
—Es lógico que tuviesen prisa —contestó Entia mientras miraba otra vez el cielo, invadido por el negro tizón—. Sígame, por favor.

La niña abrió entonces la puerta y entró con el viejo a su interior. Se apresuró en ir hacia la cocina y le pidió que le ayudase a retirar el enorme frigorífico de dos puertas que los Zorros usaban cuando aún había corriente eléctrica. Al retirar la nevera entre los dos, y para sorpresa de Barbuss, se encontraron con un hueco bastante grande que parecía dar a un pasadizo secreto. Cuando el anciano intentó incorporarse tras su esfuerzo, se oyó un leve romper, como de huesos maltrechos. Barbuss no tardó en quejarse:
—¡Ay, ay! ¡Dios mío, mi espalda!
—Lo siento, Barbuss, pero no podemos parar, ¡debemos seguir avanzando! —las palabras se trababan en su desesperación.
—Ay, ay —cesó de golpe en sus quejidos. —¿Y esto, niña? ¿Adónde conduce? —añadió el viejo, que parecía encontrarse mejor.
—Entia, me llamo Entia.
—¡Lo que sea, lo que sea! ¡¿Adónde lleva el túnel?! —insistió.

Antes de que Entia pudiese contestar, se oyó un enorme crujido que parecía venir de la parte alta de la casa. Esta vez no eran los huesos del viejo. Entonces, la niña decidió meterle prisa a su acompañante:
—¡Vamos, Barbuss, usted puede! —el crujir del techo insistía.
—Necesito que me convenzas… Ay, mi espalda…
—¡A un búnker! ¡El túnel lleva a un búnker bajo tierra!
—¡Dios mío! ¡Estamos salvados! ¡Es la gracia del Señor! —sentenció él, mientras daba un par de torpes saltos y, después, aceleraba su paso.
—Pero será… —dijo la niña, mientras ambos se perdían en el hosco interior de aquella extraña cueva.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: