Rarezas (II)

Tardé una semana entera en llegar a la conclusión de que aquel tipo, muy probablemente, era Iván, mi antiguo compañero del colegio. El calor me ralentizaba. La misma tarde en la que creí haberme asegurado de eso, decidí volver al centro comercial. Esperaba verle de nuevo, vagando por allí. Sí, lo sé, reconozco que era difícil que me encontrase con él y mucho menos hacerlo un catorce de agosto tan asquerosamente caluroso —y eso que había refrescado a mediados de semana—, pero aún así, quise intentar encontrarme con él.

Al llegar al desértico centro comercial, fui a sacar mi móvil del bolsillo del pantalón para darme cuenta de que me lo había dejado en casa. Genial. Ese día fui con Reina, la perrita con la que compartía mis días, la que era perra y compañera de habitación. No, no era mi perra. ¿Acaso puede una vida pertenecer a otra?

Como encontré el lugar desierto, me dirigí al SuperGames, una tienda de videojuegos que solía frecuentar. El cartel era de un color magenta muy vivo y en él se podían leer las diferentes secciones que ofrecía el comercio: Juegos de mesa, Videojuegos, TGC y Cómics. Sin duda, un sitio muy interesante para amenizar el verano.

Al entrar, me dirigí hacia el mostrador y saludé a Cristian, el dependiente sin vacaciones:
—¡Hola, Cristian! —Dije, mientras le ofrecía mi mano.
—¡Hombre!, ¿qué tal, tío? —Dijo él, estrechando fuerte mi saludo.
—¿Qué tal por aquí? ¿Mucho movimiento? —Pregunté.
—Qué va, nada de nada. Muy poca venta, ya sabes. No entiendo por qué el jefe insiste en abrir estos días —Contestó él.
—Le puede la pasta —hice una pausa y giré mi cabeza hacia la sección de videojuegos de segunda mano—. Voy a echar un vistazo por allí. Me aburro como una ostra en casa últimamente.

Cristian me hizo un gesto de okay con la mano y me dirigí hacia la sección. En ese momento y para mi sorpresa, entró Iván en la tienda. Reina se había quedado fuera, atada, y eché un vistazo para asegurarme de que seguía allí. Estaba tumbada en el suelo.

Mi antiguo compañero parecía ese día otro: su ropa estaba hecha añicos y todo él se encontraba envuelto en algo que parecía barro seco. Anduvo hacia la mitad de la tienda y se detuvo en seco. Sus ojos azules brillaban, intensos.

Vi como Cristian me miraba. Luego, salió de detrás del mostrador para dirigirse a Iván, que estaba empezando a llenar el suelo de la pequeña tienda de aquel lodo seco.
—Disculpa, ¿puedo ayudarte? —Dijo Cristian.

No hubo respuesta. Iván se volvió hacia la puerta, dándole la espalda al dependiente y se giró de nuevo hacia el mostrador, mirándolo fijamente. Ladeó su cabeza lentamente, esta vez hacia la derecha. Entonces, habló:
—Ho-hola —dijo. Su voz era grave.

Tras eso, Iván salió de la tienda y se marchó rumbo a la entrada del centro comercial. Yo, que estaba muy aburrido y quería descubrir qué estaba ocurriendo, decidí ir tras él y me despedí de Cristian:
—Nos vemos, Cris —dije, con prisa.
—Espera, tío. ¿Quedamos esta tarde? —Dijo él.
—Te digo algo. Te llamo luego, si eso —contesté.

De forma abrupta, puse fin a la conversación, salí de la tienda y desaté a Reina, que seguía tumbada. Le costó algo ponerse en marcha, porque el calor de agosto la agotaba muchísimo. Al fondo, Iván.

Apresuré mis pasos y me acerqué al chico, que iba dejando tras de sí aquel rastro característico. Al ponerme a su altura, le hablé:
—¡Hola! ¿Qué tal estás, Iván? —Dije.
—Bi-bien —contestó él, segundos después.

Entonces, Iván sacó su móvil de la bandolera, que estaba enterrada en el lodo seco y abrió la funda del celular, que se dividió en dos para mostrar un bolsillo oculto en el que guardaba otro aparato. Sacó ese otro dispositivo y me lo entregó. Era mi móvil extraviado.
—¿Por qué lo tenías tú? —Le dije.

Esta vez no contestó, y de aquella bandolera llena de chapas sacó un nuevo objeto. El corazón me dio un vuelco al verle cargando con una daga de unos veinte centímetros de largo que estaba muy afilada.
—¿Eso es de verdad? —Dije, fingiendo normalidad.

De nuevo, no contestó. Arrancó a correr de vuelta a la tienda de videojuegos y entró, dejando la puerta abierta. Temí por Cristian y volví a toda prisa hacia el sitio. Entonces, lo vi. Iván acababa de rajarle el cuello al dependiente, que yacía en el suelo. La sangre formaba ya un charco de cierto tamaño cuando vi que el loco se giraba y me miraba. La puerta seguía abierta.
—¡Mierda! ¡¿Qué has hecho, Iván?! —Dije.

El tipo se dirigió entonces hacia mí y me acordé de que ya poseía mi móvil. Marqué el número de la policía y me pusieron en espera. Nino ninonino ninonino ninonino… Ninoní… No me lo cogieron.

Corrí como un desesperado con Reina en brazos y, justo en el otro extremo del centro comercial, me encontré al fin con alguien: un guardia de seguridad que casi se estaba quedando dormido descansaba tras un mostrador de información. Grité:
—¡Ayuda! ¡Por favor! —Dije. El tipo despertó de golpe.
—¡¿En qué puedo ayudarle?! —Gritó, sobresaltado.
—¡Un tío ha matado al dependiente de la tienda de videojuegos! —Grité yo.
—¡¿Qué?! —Dijo él.
Entonces, el guardia cogió su arma de fuego e intentó cargarla. Le temblaba el pulso y le tomó tres intentos lograr su objetivo. Iván había llegado, con el puñal ensangrentado en la mano.

El guardia de seguridad le apuntó con el arma y él, dispuesto a no dejarse vencer, se quedó parado unos segundos, ladeó su cabeza lentamente hacia la izquierda y se abalanzó, de repente, sobre mí, cuchillo en mano. El guardia no dudó en disparar. Aquella bala alcanzó la mano de Iván, logrando que soltase al fin el puñal. Reina lloraba.
—¡No te muevas! —Dijo entonces el guardia.

Iván seguía sin contestar. Entonces, el guardia le puso unas esposas que llevaba en uno de los bolsillos de su pantalón, lo sentó en una silla e hizo una llamada. Me dijo que esperase junto a él para que no huyera.
—¿Por qué lo has hecho, Iván? —Quise preguntarle.
—No-no me llamo Iván —contestó él.

A la luz artificial de los leds, me di cuenta de que sus ojos parecían verdes, no azules. Había dejado a Reina en el suelo. Se puso en guardia y levantó una pata, como si esperase la llegada de alguien.

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