Relato en vela

Peces de plástico

Como mi reserva de sueños se está ya agotando y con el propósito de mantener mi entrenamiento semanal en forma de relatos, os presento hoy una nueva categoría llamada Relatos en vela.

Reconozco que me costó decidirme con el nombre de este nuevo apartado, porque su base será lo opuesto a la de los Relatos oníricos que habéis podido leer hasta ahora casi cada lunes y eso hizo que, por estar basados en hechos reales, los Relatos en vela fuesen algo más arriesgados de enfrentar que los anteriores, con cuyo sentido sí podía jugar bastante.

Los Relatos en vela no sustituirán a los oníricos, sino más bien los complementarán, aportando a su vez un aire distinto al blog. Como ya os expliqué en Salada inmensidad (I) y en contraposición con los nuevos relatos, los oníricos están basados en sueños. En cualquiera de los dos casos y, como hay veces que no sé de lo que hablo, siempre enfocaré estos textos hacia la ficción. Sin más, os dejo con el primero de mis desvaríos de esta índole:

Peces de plástico
El sol se colaba por la ventana del coche y era tan potente que me obligaba a entrecerrar mi ojo izquierdo, sobre el que los rayos caían directamente. Con mi ojo derecho pude discernir una especie de ilusión: el contorno de mis gafas de sol me rodeaba la poca visión restante, en un halo negro que me recordaba al vacío de media noche.

Que conste que intenté no ir. Intenté resistirme a visitar el Gran Acuario pero acabé sucumbiendo a la presión social o familiar, qué sé yo, porque claro, era el cumpleaños de mi hermana y no iba a dejarla tirada. Así es la vida.

Los animales encerrados nunca me despertaron ningún interés, más bien al contrario, nunca pude ver esas actividades como algo atractivo y, mucho menos, como algo lógico. Recuerdo que, una vez, paseando por Barcelona, un par de jóvenes quiso reclutar mi firma para que se sustituyeran a los animales del zoológico por representaciones en tres dimensiones. Por supuesto, yo les dije: <<Callad y tomad mi firma>>.

Lo mismo hubiese hecho con el Gran Acuario si hubiese tenido ocasión. Ese domingo de agosto en el que el calor era tan pesado y horrible, acompañé junto a Gem a mis dos hermanas, Marie y Lume, al lugar al que tanto deseaban ir. Antes de llegar, un cartel promocional avisaba de que íbamos a poder ver a <<Los peces más peligrosos del planeta>>. Llegamos al recinto y, tras hacer una cola de tamaño algo desproporcionado, nos dispusimos a adentrarnos en el Gran Acuario.

La tienda conectaba la entrada con la salida. Era una tienda llena de recuerdos insulsos hechos con plástico que intentaban homenajear a la naturaleza de los mares. Tazas de plástico, cantimploras de plástico, muñecos de plástico, chubasqueros de plástico, platos de plástico e incluso libros hechos con plástico.

Tras ignorar por completo la tienda, nos dirigimos hacia las escaleras que llevaban a la parte superior del edificio. Un pasillo extenso llevaba a los visitantes a posar con una especie de ballena de cartón pluma. Un trabajador nos esperaba junto a su compañera fotógrafa, que se dirigió a nosotros:
—¡Poneos para la foto! —Dijo, con tono amistoso.
—¡No, gracias! —contesté yo, cortante, y pasamos de largo. Marie y Lume me miraron, algo extrañadas. Gem hizo que no con la cabeza. En ese momento, mis hermanas se adelantaron y acordamos encontrarnos en la salida.

Al entrar por fin en el espacio que ocupaba el interior del Gran Acuario, pudimos observar múltiples peceras de varios tamaños en las que peces de todo tipo y otros organismos acuáticos como estrellas de mar o morenas intentaban pasar sus días. Los espacios de las sucias peceras se me antojaron, en su mayoría, demasiado pequeños para contener tanto animal y su fondo estaba decorado con vinilos —que ya empezaban a despegarse, por cierto— de playas paradisíacas, según de dónde proviniesen los peces.

El barullo de gente se apelotonaba alrededor de las peceras, los niños golpeaban con sus manos, con botellas o con sus tablets. Ningún encargado de seguridad por allí. Algunos adultos hacían fotos y, pese a la desgastada pegatina en la parte inferior de las peceras que advertía de no utilizar flash, usaban flash. Una mujer mayor disparó su foto justo a mi lado y un poco más y me deja ciego. Al recuperar la vista, pude ver como se marchaba tras mirarme medio segundo a modo de disculpa. Otro tipo me empujó una y otra vez, así tres veces. Se ve que estaba decidiendo su rumbo y yo no iba a interrumpirle.

Tanto mujeres como hombres, como niñas y niños usaban sus móviles enfocando hacia las peceras. Con flash o sin flash, llegó un momento en el que no supe recordar si había venido a ver peces o lo último de Samsung. Y eso que decidí permanecer lejos de las peceras.

Pese a ser conocido como el Gran Acuario, recorrimos el lugar en unos quince minutos.
Pasamos por una cinta mecánica en la que te ves rodeado de toda suerte de especies marinas —tiburones, morenas, peces luna, cangrejos…— conviviendo en pasiva armonía en una única pecera algo más grande. Se me ocurrió una posibilidad y decidí compartirla con Gem:
—¿Qué mierda les darán? Yo quiero un poco para dormir —dije.
—Fíjate en ese —señaló al pez luna— está completamente quieto.

Pero lo peor estaba aún por llegar. Los pingüinos estaban encerrados en una especie de cúpula de cristal o de plástico de poco más de tres metros cuadrados. La mayoría de ellos estaban desplumados o rascándose nerviosos mientras nos daban la espalda. No pude evitar imaginarme a mí mismo agarrando el extintor de seguridad que, muy graciosos, habían puesto los diseñadores de interior del Gran Acuario encima de un vinilo de submarinista, como si esa fuese la bombona de oxígeno que le haría sobrevivir.

Finalmente, antes de volver a la tienda, en la salida nos encontramos con un estanque de carpas koi. Niños y no tan niños metían sus manos en el agua, tratando de tocar a los pobres peces, que huían despavoridos. Al salir, Gem sacó sus propias conclusiones del lugar:
—No vuelvo nunca más —dijo.
—Que conste que intenté no venir.

Mis hermanas seguían repasando las doscientas o trescientas fotos que habían hecho con sus Samsung Galaxy 8321 y me pregunté cómo habrían logrado alcanzar esa cantidad de fotos por segundo.

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