Rarezas (I)

Alex era un niño atípico. Él mismo no tardó en darse cuenta de que sus gustos iban más allá del fútbol, los robots y los coches que tanto obsesionaban a sus compañeros de clase, pero se esforzaba siempre por aparentar que perseguir una pelotita hasta marcar un gol o dos era lo único que le preocupaba en la vida.

La madre del niño, Andrea, tuvo que mudarse incontables veces durante la infancia del crío. Y él, claro, debía seguir sus pasos. El trabajo de Andrea la mantenía muy ocupada y distante de él y de sus otros dos hijos, Carla y Javier, y casi nunca estaba en casa. La soledad y el ajetreo que experimentó el pequeño Alex durante su infancia se tradujo en su día a día en un carácter confundido, perdido en la inopia y que, por si fuera poco, se entremezclaba con su extraña condición hasta hacerle estallar de rabia. A partir de la mudanza número catorce o quince, Alex se percató de que había perdido la cuenta.

El chico tenía ocho años cuando la familia monoparental llegó a su nuevo destino por enésima vez. Se incorporó a finales de curso a un colegio en el que las clases eran más pequeñas, en el que la actitud de sus compañeros parecía algo hostil y en el que parecían mandar ideas colectivas que él no había ni llegado a conocer en los anteriores centros en los que había estado. Su inocencia no tardó en desaparecer.

Por ejemplo, al llegar, y por orden expresa de su profesor, tuvo que presentarse a los dieciséis compañeros y compañeras con los que compartiría ese tercer trimestre del tercer curso de primaria. Cuando le tocó hablar con la niña número diecisiete, no obstante, un par de niños, uno muy alto y otro muy gordo, le advirtieron, con actitud algo amenazante y mientras le cerraban el paso:
—Con ella no. Ella manda y cree que aún no estás preparado —la clase entera enmudeció, el Señor Luis miró hacia otro lado y el niño nuevo decidió no contestar a aquel despropósito.

El día de la llegada de Alex a su nuevo colegio, alguien había faltado a clase. El ausente se llamaba Iván y según sus compañeros, era un niño muy extraño. <<Como yo>>, pensó Alex, <<Aún no lo veis porque la novedad mola, pero yo también soy un friki>>.

Iván era un niño muy inteligente que no parecía dispuesto a fingir como él lo hacía y que se apartaba del resto con pasmosa facilidad, casi como si una necesidad imperiosa de soledad se estuviera apoderando, poco a poco, de él. El chaval era algo más bajo que los otros niños y niñas, quizá demasiado —de hecho, parecía un par de años más pequeño que el resto— y llevaba unas gafas de pasta enormes y de un color rojo casi granate que contrastaba con sus enormes ojos azul celeste. Iván solía pasar las horas del patio solo, dibujando o leyendo, distrayéndose con cualquier cosa u observando a través de aquella valla que era su cárcel. El excéntrico chaval agradecía aquellos momentos de lucidez en los que podía reflexionar sobre cuestiones que poco o nada le habrían correspondido al típico niño en mitad de primaria.

Todo esto, por supuesto, hizo acrecentar la imaginación insaciable de Alex, un niño inseguro que no supo gestionar el nuevo cambio de vivienda y de ambiente que acababa de experimentar. En ese momento, no supo culpar a su madre de su destino, porque siempre le llenaba la cabeza de historias para no dormir hasta convencerle de las decisiones que tomaba. Con los años, descubrió sus verdaderas intenciones y se sintió como un idiota.

En aquella nueva ciudad duraron unos años más que de costumbre. Su madre incluso adoptó a una niña coreana llamada Sun. La mujer le prometió a Alex y a sus hermanos que, al llegar la pequeña, estaría más por casa. La estabilidad prometida no duró ni un mes y, finalmente, fueron Carla y Javier los que se encargaron de cuidar de Sun. Alex seguía sintiéndose solo.

Alex hubo de esperar hasta cuarto curso de primaria para conocer formalmente a Iván. Entre una cosa y otra, siempre que quería hablarle había algún centinela cerca y Alex debía seguir esforzándose en disimular. La vigilancia constante del grupito de Berta —con quien, por cierto, no llegó a hablar nunca— era algo tedioso e insoportable, y acabó convirtiendo a Alex en un niño nervioso e impaciente por conocer al rarito de clase. Necesitaba comprobar si ambos eran igual de inusuales, si compartían la extrañeza que a él empezaba a llamarle hacía un par de años y que le había vuelto más atípico aún de lo que ya era, de lo que ya había sido durante toda su existencia de desorden y confusión. Llegó a la conclusión de que aquello era algo más que probable, porque Iván se pasaba las clases enteras observándole con sus dos enormes ojos cian.

Un día de primavera, al salir de clase y con la alergia a las graminias ardiendo en su pecho, Alex decidió ir tras Iván, que siempre cruzaba la puerta de salida cabizbajo, raudo y con sus dos manos aguantando aquella maltrecha mochila negra que llevaba. Pocas veces lograba evitar las miradas indiscretas y los comentarios de los vigilantes de Berta.

Alex tardó unos minutos en alcanzar a Iván, porque su alergia le hacía ahogarse parcialmente, y la velocidad que lograba alcanzar el chico raro era bastante considerable, puesto que él no sufría de ninguna enfermedad respiratoria. Cuando Iván se detuvo y se sentó en un banco, Alex al fin pudo dar con él. Le habló mientras se ahogaba:
—¡Hola… Iván!
—Hola —dijo el niño, tan flojo que Alex casi no pudo oirle.
—Soy… Alex, tu… nuevo compañero —cogió aire— todavía no nos habíamos presentado —tras decir eso, le alargó la mano, pero Iván apartó la suya.
—Lo siento, Alex —y le miró a los ojos, y durante un par de segundos, Alex creyó haberse perdido en aquel mar irisado.

Tras eso, Iván se levantó y echó a andar, casi tan rápido como cuando había salido del colegio. Alex le lanzó un grito, una vez más, ahogado:
—¡Espera! No hace falta que te vayas…
—Sí. Sí hace falta —dijo Iván con un hilo de voz que Alex no pudo distinguir entre el mundanal ruido que les envolvía a ambos.

Al día siguiente, Alex se enteró de que Iván se había cambiado de colegio. Pudo oír al ejército de Berta debatiendo abiertamente sobre las posibles causas de aquello:
—¡Su padre era de la mafia! —Dijo el gordo.
—¿Qué es la mafia? —El alto presentó una nueva incógnita.
—Dicen que está enfermo —dijo una niña pelirroja que se unió a la conversación sin ser invitada.
—Está loco —sentenció Berta y, luego, giró su cabeza con fuerza casi exagerada, mientras su morena trenza de perfecta composición giraba más rápido que ella. Casi le dio al alto en la cara.

El constante disimulo de Alex y su necesidad de adaptarse a la clase fueron desapareciendo poco a poco junto con aquel acontecimiento que para él fue una desgracia. Sus esperanzas por descubrir si no se encontraba solo en el mundo se desvanecían, poco a poco, y tomó el lugar de Iván en las horas del patio. Fue quedándose solo progresivamente mientras se iba convirtiendo en el nuevo y apartado rarito. Deseó cada vez más mudarse de nuevo, pero le sorprendió que los años pasasen sin que eso que era casi una costumbre volviera a suceder. Sin darse cuenta, Alex acabó los cursos de educación obligatoria mientras olvidaba la intrusiva presencia de Iván y su recuerdo se iba difuminando en su memoria hasta casi perderse.

*
La profundidad de los ojos azul cielo del tipo raro me recordaron a algo, me olieron a infancia. Se quedó quieto en medio del pasillo del centro comercial y me miraba fijamente sin siquiera parpadear. Ese día no había ni una penosa alma por allí. Su cabeza estaba inclinada hacia arriba y ladeada ligeramente hacia el costado izquierdo, como si así consiguiese enfocar mejor su objetivo (a mí). Su boca estaba algo abierta, los dientes chirriantes, como quejándose de algo. Entre las uñas, se dejaba entrever una roña que era de un color entre gris, negro y rojo. Llevaba una gorra que parecía ocultar una temprana alopecia, y vestía con ropa limpia y planchada, pero la llevaba mal puesta. Cargaba también con una bandolera gris hecha polvo y que estaba llena de chapas con códigos binarios que no logré entender. Los números nunca fueron lo mío.

ojos rarezas
Objeto 1. Ilustración por Verna (Gemma Martínez)

El tío no se movía y yo me estaba empezando a asustar. Y eso que solo me había acercado a por palomitas para ver Tetsuo – El hombre de hierroEl vengador tóxico o alguna otra de esas películas con un trasfondo potente. Las vacaciones me habían aburrido mucho hasta ese momento, hasta ese siete de agosto —imaginaos, la ciudad vacía y mis compañeras de universidad perdidas por ahí, de Erasmus o de vacaciones en Capri— y yo acordándome de mi pasado plagado de soledad. Menudo capullo. Una morriña cuyo origen no supe identificar se empezaba a apoderar de mí y de mis sentidos mientras el calor parecía acentuar ese creciente sentimiento encontrado.

Pasaron un par de minutos antes de que el tipo se empezara a acercar lentamente hacia mí. Me pareció exagerado echarme a correr, pero confieso que se me pasó por la cabeza. El tipo se acabó acercando tanto que me sentí muy incómodo. Ese azul como del mar en verano me sonaba. Olía mal. Me cogió la mano y me la sacudió arriba y abajo con fuerza, pero sin apretarla demasiado. Después, me dijo, con voz lenta y tediosa, pero grave:
—Encantado.

4 comentarios sobre “Rarezas (I)

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  1. Este nuevo relato, como “los ojos del bosque”, ha mantenido mi interés en la lectura. Tienes un don para escribir. Espero el próximo con mucho interés. Me encanta las ilustraciones de tus relatos, hacéis un buen equipo!!!

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