Amarillo-verde, burdeos, naranja

Dormía profundamente cuando sentí un extraño ruido como de eco metálico y me desperté, algo alterado. Un tintineo oxidado en grupos de cuatro se repitió tres veces: toc, toc, toc, toc. En total, doce tocs. Me di cuenta entonces de que el sonido provenía de los porticones de la ventana, que eran de un aluminio duro y resistente y hacían a su vez de rejas para evitar la intrusión de indeseables en mi habitación, aunque estaban ya algo viejos.
Miré el reloj. Eran las cuatro de la madrugada, y justo al marcar las cuatro y un minuto, volví a oír el ruido. Alguien seguía picando de un modo insistente en los porticones de la ventana. Toc, toc, toc, toc. Lo hizo, de nuevo, tres veces seguidas. Un sudor helado empezó a recorrer entonces mi frente y un escalofrío decidió un segundo después recorrer mi espalda. Me mantuve alerta.
La tercera vez que oí el redundante ruido, los porticones empezaron a abrirse y a cerrarse insistentemente, y de la calle entraba un fulgor amarillo, casi verde, que nada tenía que ver con las intermitentes farolas que iluminaban la calle algunas noches. Mis dos ojos, cada vez menos dormidos, se vieron cegados por aquella intensa luz y, antes de desmayarme, quizá por miedo o puede que por falta de lucidez, pude observar entre los porticones una mirada cruel, los dos ojos negros superpuestos en una piel gris antracita.

DOC310717-31072017093950Objeto 1. Ilustración por Verna (Gemma Martínez)

La segunda vez que me desperté en medio de aquella larga noche eran ya las cuatro y cuarenta y siete. Estaba sudando y me sentía débil, como si me hubiese pasado una hora o dos corriendo. Me acordé de la mirada fulminante que aquella extraña entidad me había lanzado desde la ventana y me giré, asustado, para comprobar que no siguiera allí.
La ventana seguía cerrada, pero los porticones estaban entreabiertos. La luz que ahora se colaba hacia la habitación era débil en comparación con la amarilla verdosa y repartía tenues reflejos burdeos entre las sábanas, las mesitas, la cabecera, la estantería, el radiador, el ficus y las paredes.
Intenté levantarme con el objetivo de lavarme la cara y beber algo de agua. Quizá solo necesitaba hidratar mis ideas para escapar de toda aquella incesante locura. No obstante, al intentar poner un pie en el suelo, mis piernas se vieron, de golpe, mermadas de sensibilidad; no podía andar. Caí.
Me arrastré entonces, haciendo eco de la poca fuerza que restaba en mi tronco superior, hacia la entrada de la habitación. Quería huir. Seguí arrastrándome y, pese a no poder mover mis piernas, sí pude notar como éstas iban rozando el frío y rugoso suelo. Me sangraban las rodillas.
Llegué al pasillo demasiado exhausto para darme cuenta de que ya no estaba en mi casa. Inexplicablemente, me encontraba ahora en casa de mi abuela Creta, que había muerto hacía solo una semana. Su pasillo oscuro y con espejos a cada uno de sus lados se extendía ante mí enorme, amenazante y aterrador. ¿Qué hacía allí?, ¿por qué había aparecido de repente en casa de mi abuela?
Aceleré el paso de mi arrastre por aquel pasillo y me vi reflejado, casi invisible, mientras pasaba por los dos espejos, que se encontraban sumidos en aquella oscuridad casi impenetrable.
Llegué finalmente a la puerta de salida y, tras esforzarme sobremanera, elevé mi cuerpo apoyándome en el pomo de la puerta, la abrí y me encontré allí a un perro negro, enorme, de espaldas. Al advertir mi presencia, el cánido se giró lentamente hasta enseñarme sus dientes y sus ojos rojo burdeos. Más que un perro, ahora parecía un lobo hambriento.
Intenté entonces cerrar la puerta, pero el perro la empujó, insistente, hacia mí hasta que ésta cedió. No pude más que huir de vuelta a mi habitación, o a la habitación en la que mi abuela había muerto, ya no tenía nada claro. Las piernas sí me respondieron esta vez, aunque algo torpes. Avancé cojeando mientras el perro-lobo esprintaba por aquel pasillo.
No tardó ni cinco segundos en agarrarme con sus afilados dientes la pierna derecha. Empezó a morderla y de ella comenzó a salir sangre a borbotones. La tenue luz que desprendían sus dos ojos iluminaba el pasillo y la entrada a la habitación. El rastro de sangre que había dejado con mis maltrechas rodillas había desaparecido. Me desmayé de nuevo, quizá por culpa del dolor o puede que por puro y absoluto miedo.

La tercera vez que me desperté, seguía tirado en el suelo de aquel pasillo. La pierna me ardía. Parecía que, por algún motivo, el lobo-perro se había cansado de mí y se había marchado. Mis piernas estaban ahora frescas y me levanté, apresurándome después a cerrar la puerta con llave.
Pude volver de nuevo a la habitación. Los porticones estaban ahora cerrados, y una profunda negrura llenaba la oquedad de la estancia. Ciri parecía dormir plácidamente. Me metí en la cama y me tapé con las sábanas muy lentamente, e incluso dejé mi pierna izquierda al descubierto para no despertarla. Siempre me robaba la sábana, o la manta, o lo que tocara. Siempre.
A pesar de todo lo que había vivido aquella noche, no quise despertar y preocupar a Ciri. Tardé unos minutos en poder tranquilizarme del todo y decidí que era mejor afrontar todo aquello que me había sucedido al día siguiente, con la luz del sol y la tranquilidad del día. Total, ya eran las seis y treinta y dos.
Empezaba ya a conciliar el sueño cuando una sensación familiar se empezó a apoderar de mí. Intenté cambiar de pose para encontrar la comodidad, pero mis piernas no se movían. Otra vez. Esta vez, la parálisis parecía arremeter con fuerza, porque tampoco pude mover ni mis brazos ni mi cabeza.
Me desesperé de tal manera que empecé a gritar para despertar a Ciri. Era inútil. Hacia mis adentros, le pedía ayuda a la mujer que me acompañaba en aquella fría noche e intentaba moverme mientras me imaginaba golpeando aquel colchón de espuma para conseguir liberarme de mi impuesta prisión y lloraba, lloraba incesante.
Todo aquello parecía estar pasando de un modo simultáneo y, aun así, fui capaz de recordar, a la vez, los sucesos anteriores a aquella locura e intenté relacionarlos con mi cuerpo en pausa. El ser grisáceo y el lobo negro. Mi abuela Creta. ¿Qué tendrían que ver esos tres seres de pesadilla con mi nuevo estado? Seguí llorando, gritando y golpeando hacia mis adentros. Mi cuerpo seguía sin responder. Me desmayé por tercera vez.

Al despertarme por cuarta vez me di cuenta de que todo había sido un sueño. Ya había amanecido y, casi al unísono, Ciri se despertó también, se desperezó y me dio un beso en la frente. Una cálida luz naranja lo llenaba todo.
—¿Cómo has dormido?
Era muy dulce. Su pregunta cayó en un vacío al que no pude responder, porque todavía estaba aceptando con tranquilidad la realidad de todo lo vivido o, mejor, de todo lo soñado. Ciri se levantó entonces, recolocando la sábana hacia mi lado para disimular que había dormido toda la noche destapado por su culpa. Otra vez.
Se dirigió hacia la mini-cuna de nuestra pequeña, que tenía ya once meses. Entonces, desde allí, oí su ligera voz susurrando algo:
—¡Ma… má!
—¡¿Lo has oído?! —Dijo Ciri.
No supe qué responder, porque claramente sí lo había oído. La estancia estaba en completo silencio.
—¡Ha dicho su primera palabra!
Ciri se acercó entonces hacia mí, con la niña en brazos. Me la quiso entregar y quise responderle cogiéndola pero, antes de que pudiera verle la cara a la cría, volví a caer.

Me desperté por quinta o sexta vez. Esta vez supe que era la definitiva; había soñado todo aquello, todo aquel contraste entre pesadillas y sueños de luz. Miré hacia el lado derecho de la cama, de aquella enorme cama de matrimonio en la que mi abuela Creta había muerto. Estaba vacía, y al fondo de la habitación no había ninguna cuna. Nunca hubo un Ciri y yo y, por supuesto, nunca hubo ningún bebé. Eran las dos de la madrugada y seguía oyendo aquel toc, toc, toc, toc en los porticones, al fondo.

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