Los ojos del bosque (II)

El ursus arctos y Entia, Entia y el ursus arctos. La bestia y la niña se miraron durante minutos, la voz entrecortada por el miedo y la admiración. El depredador empezó entonces a rugir y, de entre sus graves gritos de animal, a la niña le pareció distinguir una serie de palabras:
—¡No puedes escapar! —El eco de su voz molestaba a Entia, la hacía empequeñecerse todavía más. No quería escapar. El ursus siguió:
—¡Están pasando cosas horribles a tu alrededor y ni siquiera te das cuenta! — se daba cuenta. Podía notarlo en el aire. Podía sentirlo en la inmensidad del agua que les rodeaba. La bestia prosiguió con su discurso envuelto en rugidos:
—¡¡Pagarás por ello!! —El arctos parecía desesperado y Entia creyó que debía confundirla con otra persona o animal o cosa y que, probablemente, el pardo se daría cuenta de su error y se disculparía. No pensaba pagar por nada.

A lo lejos, Ciri se estaba acercando a su hermana que, de pie y paralizada, se mantenía impasible frente a la fiereza del oso pardo. Sus rugidos incesantes no la hacían desplazarse ni un instante o quizás un estado repentino de shock la había envuelto en un estado post-Medusa. Pensó que ya era demasiado tarde, así que actuó a la desesperada:
—¡Entia, corre!, ¡corre, Tontia!

Entia identificó la voz de su hermana y se giró, con aquella cara de no haber roto nunca un plato que tenía. Entre la desesperación de su hermana mayor pudo discernir aquella broma que tanto le repetía y entendió que Ciri no había tenido ni tiempo ni espacio para pensar: la situación de pavor adquiría así un pequeño tinte jocoso. El juego de palabras que mezclaba su nombre con tontita no era ninguna genialidad, pero en aquel contexto le resultó divertido. El depredador quiso añadir algo más:
—Al final, te cogeré.

La reacción natural de Entia, tras todas aquellas amenazas verbales engrandecidas por la presencia del oso, hubiese sido la de salir corriendo sin mirar atrás. No obstante, la chiquilla, que ya de por sí era bastante inusual, se acercó todavía más al oso. Sus pasitos cortos impresionaron tanto a su hermana como al mamífero.
—¿Qué… Qué haces, Entia? —La voz de Ciri temblaba.
—Tranquila —le contestó la pequeña mientras dirigía su mano hacia el oso y le acariciaba arriba abajo, izquierda derecha, centro. A la bestia parecía gustarle, pero no se dejó llevar. Se retiró poco a poco de la niña y descendió su erguida posición hasta alcanzar las cuatro patas. Instantes después ya había desaparecido de la vista de Entia y de Ciri, y la hermana mayor aprovechó para acercarse corriendo a por la pequeña, la cogió en brazos y salieron de allí raudas, a pesar de que violentas mariposas recorrían el estómago de ambas.

Cuando volvieron a su hogar, las dos fingieron dormir. Su madre no se había despertado todavía y no parecía tener intención de hacerlo en un par de horas más, como mínimo.
—Ni una palabra a madre —dijo Ciri, mientras alzaba su dedo índice muy arriba, hacia el espacio.

DOC240717-24072017101156

Objeto 1. Ilustración por Verna (Gemma Martínez)

*
Tras aquella salida en solitario, Entia empezó a alejarse del todo de los estudios y del latín. Decidió descansar unos días de todo lo que la obsesionaba para centrarse totalmente en descubrir porqué a ella los rugidos del ursus le habían sonado como palabras cortantes mientras para su hermana no eran más que gritos instintivos de animal. La bestia se había convertido en su nueva dedicación, pero esta vez la atracción que sentía parecía inevitable.

La niña hizo entonces eco de su intelecto habitual y fingió una quedada con Sun, su mejor amiga, que la dejó espacio para seguir buscando al oso. La mirada acusadora de su hermana le transmitió un mensaje de miedo y precaución: Ciri lo sabía. Estaba segura de que había intuido su obsesión, pero sintió que, pese a todo lo vivido y lo que el oso le había dicho, no era un ser peligroso. De hecho, la pequeña Entia siempre recordó aquel verano como el verano de su despertar. ¿Podía ser eso algo negativo?

Entia se dirigió entonces a casa de Sun y desvió su posición ligeramente, enfocándola hacia el bosque de Eco. El eterno bosque de Eco.

La niña siguió avanzando por las calles de su ciudad que, por cierto, le parecieron demasiado iguales entre sí. ¿Se habría perdido por primera vez? No, no podía ser; acababa de llegar a los campos.

Avanzó a tientas mirando hacia el suelo y, tras cruzar el riachuelo que anticipaba el bosque de Eco, se volvió a calzar. Sus pies estaban muy mojados, pero la prisa apretaba.

Para su sorpresa, en vez de encontrarse con la entrada del bosque de Eco, vio una cueva enorme con una entrada de unos cuatro metros y con una enredadera llena de pinchos que caía por distintas partes como recibimiento y, a la vez, hacía de invitación a marcharse.

Entia se adentró en la cueva y vislumbró una un fuego a lo lejos. Un hombre estaba sentado a su vera, con las piernas entrecruzadas. Sabía que su presencia le recordaba a algún hecho reciente y en seguida lo identificó: era el oso, tenía que ser él. No entiende hoy todavía como lo supo, pero lo supo.

El hombre-oso, que llevaba una capa y muchas piezas de ropa oscura y verde, una encima de la otra, parecía flotar. Entia quiso preguntarle algo:
—¿Qué eres?
—¿Qué crees que soy?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: