Los ojos del bosque (I)

A Entia siempre le había encantado salir de excursión con Ciri, su hermana mayor. Los domingos por la mañana, en verano, se levantaban muy temprano y preparaban algo de comida para adentrarse en la inmensidad del bosque de Eco. Por aquel entonces, la pequeña Entia solo tenía seis años, pero ya había aprendido a leer libros bastante complejos para su edad e incluso estaba empezando a declinar en latín. A veces, Ciri la sorprendía sola, en su cuarto, recitando las siguientes palabras:
Rosa, rosa, rosam, rosae, rosae, rosa —y, tras una pausa de un par de segundos, seguía: —Rosae, rosae, rosas, rosarum, rosis, rosis.

Según Ciri, su hermana era un bicho raro que necesitaba salir de casa para correr aventuras y que, si bien le parecía perfecto que fuera una cerebrito, debía ver mundo y adiestrarse en la realidad que la envolvía. Por ello, le propuso aquellas travesías que acabaron resultando en el suceso más extraño que ambas habían vivido hasta el momento.

El bosque de Eco era un lugar enorme que las dos hermanas no habían podido descubrir por completo en sus ocho salidas. Cada jornada estaba marcada por la incertidumbre y la duda, pero eso no hacía sino acrecentar su infantil curiosidad. La inexistencia de mapas, además, les hizo adentrarse siempre a ciegas en la frondosidad del lugar. La orientación de la pequeña Entia siempre les ayudaba a regresar, pero en alguna ocasión se les había hecho de noche, y, ya se sabe: los temores se multiplican por diez cuando cae la noche.

Tras un par de meses en los que el calor de los domingos no había cesado ni un solo día, Entia y Ciri se levantaron dispuestas a empezar una nueva aventura. ¿Volverían esta vez a ver el Gran Sauce?, ¿llegarían de nuevo a la cascada gigante?, ¿encontrarían la guarida de los zorros de orejas cuadradas? La imaginación de la pequeña Entia se desbordaba siempre la noche anterior a sus salidas, pues siempre encontraban en Eco algo nuevo por descubrir.

Ciri y Entia prepararon sus dos mochilas. Estaban listas para marcharse cuando su madre, no demasiado convencida pero dispuesta a respetarlas, se levantó del sofá y les dio un beso de despedida para acabar advirtiéndoles:
—¡No volváis tarde esta vez!

Al salir de casa, las dos hermanas se dieron cuenta de que el clima no acompañaba a sus propósitos. Los partes meteorológicos parecían haber mentido una vez más; el cielo se encontraba completamente encapotado y en su grandeza empezaban a repartirse manchas de un color gris oscuro. No parecía que fuese a llover, pero una especie de tenue oscuridad lo cubría todo. Ciri sabía que le tocaba decidir, así que miró a su hermana a los ojos y, al atisbar en ellos un par de tímidas lágrimas que de allí empezaban a huir, dijo:
—¡Iremos igualmente! Estoy segura de que no lloverá.

Entia miró entonces a su hermana y, en un acto impulsivo, la abrazó, sincera. Aquellos domingos de aventuras las habían unido y ambas estaban dispuestas a darlo todo por la otra. Ciri cogió la pequeña mano de su hermana y empezaron a andar por las calles de la ciudad hasta que, media hora después, llegaron a los campos que limitaban civilización y naturaleza. Tras unos diez o doce minutos más de paseo por aquel atropellado lugar lleno de cultivos y esperando no encontrarse con ningún agricultor iracundo, llegaron a la enorme entrada del bosque de Eco.

Entre los campos y el majestuoso bosque, un riachuelo de un metro de ancho marcaba la clara separación entre lo cotidiano y el misterio. Ciri y Entia se miraron, contentas por haber llegado por fin a su destino y por haberlo hecho sin que la lluvia les hubiese alcanzado. Cruzaron el agua descalzas y, tras secarse los pies, volvieron a calzarse. Estaba muy fría.

Se encontraban ya a escasos centímetros de haber entrado de forma oficial en el bosque cuando se dieron cuenta de que una enorme figura peluda les observaba desde dicha entrada. Un oso de color marrón oscuro les miraba a ambas, y la reunión de tres permaneció así, con sus individuos de pie y sin hacer o decir nada, durante unos minutos. La extrañeza nubló la mente de Entia y Ciri, pero, para su sorpresa, sintieron mucha más curiosidad que miedo.

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Objeto 1. Ilustración por Verna (Gemma Martínez)

Tras pasar aquellos extraños minutos de incertidumbre, Ciri cogió la mano de su hermana y se retiraron poco a poco de la entrada del bosque. La excursión había tocado a su fin, pero, para sorpresa de la hermana mayor, esto no desanimó a Entia. Decidieron no alertar a su madre con aquella nimiedad y, para disimular aquel extraño accidente, se dirigieron a la casa de Sun, la mejor amiga de Entia, que vivía cerca de la zona agrícola. Se habían conocido en el colegio, y ambas se sentían muy a gusto al lado de la otra porque les encantaba inventarse historias mientras jugaban en el patio. Sun vivía con su madre, Andrea –aunque ésta nunca estaba en casa por motivos de trabajo– y con sus dos hermanos y su hermana, los tres mayores que ella. Por suerte para Sun, su hermana más mayor sabía cómo cuidar al resto y cumplía a la perfección el papel que le correspondía a Andrea.

Las dos hermanas comieron con la familia de Sun y pasaron allí la tarde. Las horas pasaron raudas mientras Entia jugaba con su amiga y, cuando llegó la hora de marcharse, Ciri cogió por tercera vez la mano de su hermana y se pusieron en camino. La pequeña Entia miró a su alrededor una vez más y, con cierta nostalgia, vislumbró a lo lejos los robles que poblaban el bosque de Eco. Al volver la vista, pudo observar, al otro lado de la calle, a aquel oso que les había prohibido la entrada una vez más: su majestuoso porte la observaba, fijamente, a los ojos. Aquella mirada parecía retener en su interior una mezcla de tristeza y seriedad que a Entia le llegó al corazón.

*
A partir de aquella experiencia, Entia dejó algo de lado sus libros y su estudio del latín y se obsesionó con el gran oso pardo. Las dos miradas constantes que el animal le había lanzado parecían querer expresar algo, pero estaba claro que un oso no podía tener ese raciocinio, así que descartó esa posibilidad casi instantes después de planteársela. No obstante, la actitud pasiva del depredador despertaba en ella una gran curiosidad. Buscó su nombre científico: Ursus arctos y, tras girar ambas palabras que lo componían, se dio cuenta de que ninguno de los dos vocablos le servían para bautizar a aquella bestia. No podría llamarla ni Susru ni Sotcra, pues ambos motes llevarían consigo evidentes problemas de dicción. Finalmente, la pequeña llegó a la conclusión de que si volvían a cruzarse con el oso, llamarle con un nombre inventado tampoco le serviría de mucho.

Había pasado casi una semana de su primer encuentro con el calmado animal cuando el ansia dominó a Entia y decidió por ella. Aprovechando la hora de la siesta de los sábados en la que tanto Ciri como su madre se quedaban dormidas dos, tres o hasta cuatro horas, Entia se escapó, silenciosa y rauda, de su casa. Saltó por la ventana de su cuarto, cuyas rejas eran muy anchas para una niña pequeña y arrancó a correr camino al bosque de Eco sin pensar en las consecuencias.

Entia frenó entonces de golpe y se dirigió a la parte trasera del vecindario para evitar las indiscretas miradas de sus vecinos, que a aquellas calurosas horas estaban en sus patios y en las calles, disfrutando del verano y de sus refrescantes ventajas. El sol brillaba como de costumbre. La niña saltó entonces las bajas vallas de los patios una a una y se dirigió hacia los campos.

Entonces, Entia se paró a descansar y miró su reloj para darse cuenta de que habían pasado ya veinticinco minutos desde que se había escapado de su casa. Sabía que se estaba acercando a los campos colindantes a Eco. Su orientación no le fallaba casi nunca, y tampoco lo hacían ahora sus inmensas ganas de volver a ver al Ursus arctos. Tras su pausa, se dispuso a seguir, pero en el patio al que ahora debía saltar apareció allí, repentino, quieto y de espaldas, el oso pardo. Entia se preguntó como una criatura tan gigantesca podía ser, a la vez, tan silenciosa. El mamífero giró su cuerpo lentamente y fue bajando su cabeza poco a poco para dirigir de nuevo sus vacíos ojos hacia los de la niña. Parecía preocupado y, tras clavar su mirada en la pequeña Entia, ésta sintió un leve pinchazo en el pecho. La mirada de ambos seres, tan distintos y tan iguales, parecía encontrarse flotando, por un instante, en la inmensidad del cosmos.

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