Agua y comida (II)

Andrea y yo decidimos, convencidas de que esa era la opción más viable, salir corriendo del callejón. Casi no podíamos discernir nuestro propio cuerpo en aquella pesada oscuridad, pero un instinto de supervivencia recorrió todo nuestro sentir para arrancarnos de aquel terrorífico lugar sin que nos tropezáramos con la pared, con algún fragmento de madera de los que había por el suelo o con nosotras mismas. Entonces fue cuando empecé a atar cabos… ¡Lo sabía!

Tras abandonar el callejón, avanzamos a toda velocidad y casi sin darnos cuenta de que el inusual y enloquecido grupo nos seguía muy de cerca. De nuevo, fue la perspicaz Andrea la única que creyó percatarse de la situación y decidió comunicármelo:
—Nos siguen, Ciri. —Decidí no contestar a tal evidencia.

Las calles de la ciudad sin nombre avanzaban ante nuestra vista tenues, casi diáfanas, y nos mostraban las débiles formas que se encontraban iluminadas o bien por la sencilla luz de la luna o bien por alguna farola a punto de perecer. Nuestros dos pares de ojos dormidos a penas eran capaces de captar la ínfima luz. La monótona ciudad, ahora destrozada y deshabitada se asemejaba a los fantasmagóricos pueblos abandonados que había podido ver, a veces, en algunas obras de ficción, sobretodo en los videojuegos. Los rascacielos se sucedían, pareciéndonos siempre iguales, y me dio por pensar que, como dos perras abandonadas, estábamos dando vueltas en círculo. Segundos después de este fugaz pensamiento, llegamos a un complejo comercial cuyos cristales de la puerta principal estaban rotos y decidimos adentrarnos para refugiarnos de la persecución. Al hacerlo, Andrea tropezó con un fragmento de cristal y se hizo un hondo corte en la pierna. Entonces, tras gritar en el eco vacío de aquel lugar y, de paso, desvelarle nuestra posición a los enemigos, empezó a sangrar a chorro desbocado. La mujer cojeaba y se fue debilitando por momentos, así que tuvimos que reducir nuestro paso de un modo considerable. Era una locura, pero parecía cierto. ¡Lo sabía!, ¡lo sabía!

De forma repentina y mientras, torpes e ingratas, intentábamos huir de lo desconocido, empezamos a oír disparos recurrentes. Nuestro instinto nos impidió movernos, pero instantes después se contradijo para hacer que corriéramos, o que al menos lo intentáramos. Andrea me pidió que la dejara allí y eso quise hacer, pero cuando me dispuse a esconderla y a marcharme, una de las balas le alcanzó la cabeza, atravesando su larga y negra melena. La sangre que brotó a partir de aquel desafortunado y repugnante suceso me manchó la cara en lo que supuso un maloliente espectáculo burdeos y vomité, evitando gracias a ello otro de los disparos. El cuerpo inerte de Andrea cayó al suelo y la mujer de ojos de luto se reunió por fin con sus hijos en la nada, rebozándose sus restos en el charco de sangre que sus dos heridas habían creado. El fuerte sonido del impacto o quizá la impresión que todo aquello me produjo me había dejado desorientada y no oí nada más hasta minutos más tarde. Supuse que el tiroteo continuaba y decidí marcharme, a trompicones, de la escena del crimen. Cada vez estaba más claro. ¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía!

Avancé a tientas y temiendo morir por culpa de cualquiera de aquellas balas perdidas. Mi infame actitud se había trastocado en ese momento, transformándose en temor. Entendí entonces que, pese a vivir de aquel modo, prefería seguir viviendo. Quizás Andrea se había rendido ante la evidencia de que el grupo de extraños quería matarnos y se dejó llevar, haciendo cada vez las cosas peor para reunirse con sus desaparecidos retoños. Pensé yo también en mi cachorro, en Entia. Mi hermana menor solo tenía ocho años y yo no dejaba de buscar una forma de que abandonara la ciudad sin nombre. No parecía haber ningún modo, pero, a pesar de ello, Entia seguía animada, aprovechando al máximo las posibilidades que le daba la situación actual. <<Por fin puedo pasarme el día leyendo>>, decía siempre. Y, tras eso, me sonreía. No merecía esta vida y, sin embargo, parecía la única de todos que la entendía. La eché de menos muchas veces, pero lo hice especialmente cuando me encontré con aquella desastrosa e incipiente duda. Me hizo no pensar, durante unos instantes, en los tipos de las batas.

ilustradion agua y comida

Objeto 1. Ilustración por Verna (Gemma Martínez)

Me encerré entonces en un cuartucho que parecía de mantenimiento. Me rozó el brazo un insecto muerto, o quizá un mocho puesto del revés. No podía dejar de pensar en Entia y de repetir su nombre en la oscuridad. En aquellos instantes me descubrí a mí misma y entendí cuánto odiaba la ciudad sin nombre. De un modo más bien repentino, alguien picó a la puerta, pero yo ya era inmune a los sustos. No veía casi nada y, tras ese educado gesto de cortesía, oí una voz masculina que, mientras abría la puerta poco a poco, dijo, con un hilo de voz demasiado sonoro, casi melódico:
—Muy buenas noches.

Un silencio sepulcral lo cubría todo. Una niña del grupo buscó lenta y precisa por la pared hasta dar con un interruptor que, para sorpresa de todos los que allí nos reunimos sin desearlo, consiguió iluminar la pequeña sala. Entonces lo vi claro. Pude contar que eran trece: siete mujeres que podrían haber tenido desde veinte años a cincuenta, dos hombres cuyas facciones demostraban la misma edad indefinida y cuatro niñas o niños. Todos me apuntaban con distintas pistolas, metralletas y escopetas de distinto tipo, todas oxidadas y llenas de manchas. Algunos se apuntaban a sí mismos, pero no parecían saberlo. Me fijé en que tanto sus pies descalzos como sus batas amarillentas estaban ahora manchadas de sangre y me acordé una vez más de Andrea. Caí en un estado de locura creciente mientras pensaba, por última vez, en Entia. L-o s-a-b-í-a, lo sabía, ¡lo sabía!, ¡¡lo sabía!! ¡¡Sabía que no era buena idea abrir una galería de tiro al lado del hospital psiquiátrico!! ¡Son negocios claramente incompatibles!

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