Agua y comida (I)

El mundo y sus asquerosos ciudadanos parecían haber ido perdiendo la cabeza de forma progresiva. Al no encontrar explicación a los extraños sucesos acontecidos aquel lluvioso día de no recuerdo qué estación, la mayoría de los habitantes de la ciudad sin nombre habían optado por tratar de destruir el sistema establecido. Los idiotas idealistas empezaron montando diferentes manifestaciones en las que se exigían explicaciones a los gobernantes y, más tarde, al no recibir la información demandada, las protestas mutaron en una especie de orden anárquico que se apoderó de nuestro día a día y definió nuestros siguientes pasos. Pobres ovejas descarriadas.

Una extraña fuerza invisible nos impedía abandonar la ciudad, pero nadie hablaba de ello. Nadie hablaba ya en realidad de otra cosa que no fuera el agua o la comida. Ambos, temas convertidos en un canon que, en realidad, no nos salvaría del abrupto final que parecía esperarnos a la vuelta de la esquina. Una especie de idea colectiva se había apoderado de los habitantes al estallar el caos y nos repartimos en grupos según nuestra procedencia porque los hogares, tanto los individuales como los familiares, ya no eran seguros. La ciudad había quedado dividida en diferentes facciones que, por lo general, se habían concedido un grado aceptable de respeto mutuo. No recuerdo quién o quiénes tomaron esta decisión, y tampoco recuerdo que consultaran a nadie.

Así, la población había quedado dividida en cuatro secciones diferenciadas. Al norte, estaban las Cigüeñas, que salían a por comida los lunes y los jueves. Los Zorros lo hacíamos los martes y los viernes y decidieron que nuestro lugar indicado era el sur. Las Arañas salían los miércoles y los sábados y ocuparon la zona oeste de la ciudad sin nombre. Los tres eran nombres ideados por alguna especie de iluminado que había decidido que, en esencia, debíamos sustituir a los animales que sí eran capaces de abandonar la ciudad y lo hacían de forma recurrente. Acordaron que los domingos nadie saldría de su pertinente zona-refugio porque ese día salían a la luz todo tipo de alimañas desdentadas; grupos de mujeres y hombres con evidentes intenciones malévolas asaltaban, durante ese día, lo que no habíamos podido explotar los demás durante la semana. ¿Que por qué salían solo los domingos? Se esperaban al último día de la semana para no tener que pensar adónde dirigirse; estaba comprobado que había topos entre nosotros que les pasaban los planos de nuestros descubrimientos y así conseguían bastante más comida en un día que nosotros en dos o cuatro porque sabían dónde buscar. La mayoría de nuestro tiempo se agotaba buscando y buscando. Esta última banda de forajidos adoptó el mismo nombre que las antiguas Barracudas, quizá porque sus miembros se aglutinaban en la costa, cerca de las ruinas de la catástrofe. Los días pasaban lentos, perezosos, terribles, aburridos y monótonos y terminaron por convertirse en una ruleta rusa de incompresión y desdén. Cigüeñas, zorros y arañas caíamos como moscas por culpa de la desnutrición, el cansancio, las enfermedades sin tratar y la falta de higiene.

Fue tras varios meses de repugnante decadencia cuando nos dimos cuenta de que un quinto grupo de habitantes había estado ocupando una callejuela del centro de la ciudad. De hecho, más que en una calle, aquellos ocultos habitantes vivían en un único edificio encerrados hasta que yo, por accidente y desesperada en busca de comida, los liberé. O, mejor dicho, tuve la mala suerte de liberarlos. Aquel día me acompañaba Andrea, una mujer de cincuenta y seis años que había perdido a sus cuatro hijos unos días después de la desgracia en la playa. Siempre me observaba de arriba abajo con sus profundos ojos negros de pesar y muerte, como si ansiara una inocencia que ya no regresaría jamás. Andrea había dedicado su vida a sus hijos y ahora parecía encontrarse sumida en una especie de nada irresoluble a la que le acompañaba una inercia por vivir que la hacía seguir respirando. Si la hubiese conocido en su contexto pasado, la habría etiquetado de infeliz, pero ya no había en ella el mínimo resquicio de esa vida ni de ninguna otra. Pocas veces me atreví a hablar con ella, puede que por lástima, quizá por no tener nada que decirle o porque no quería que descubriese que yo había sido una de las causantes de la hecatombe. Andrea se sentía claramente vacía en la ciudad sin nombre, pero su sombra seguía proyectándose sobre los suelos y paredes de ésta.

Era viernes, de hecho era ya casi sábado y a Andrea y a mí nos tocaba regresar con comida para ocho personas más. Por cada diez Zorros, dos debíamos encargarnos de ir a buscar alimento cada semana —íbamos rotando, claro— y cada grupo nos repartíamos por zonas distintas. No habíamos logrado encontrar nada en todo el condenado día, así que nos metimos en aquel callejón en el que solo quedaba una farola con luz parpadeante y decidí romper a golpes la cerradura de aquel enorme portón de madera que guardaba el extraño y sucio edificio blanco situado al lado de la vieja armería. Mientras la pateaba pensé algo así, o quizá peor: <<¡Al cuerno, maldito pedazo de metal oxidado e infecto!>>. Sí, tenía pendiente tratarme aquella animadversión hacia los objetos, pero no había dado aún con ningún psicólogo decente en el fin del mundo. La enorme fachada de la construcción estaba cubierta de una especie de polvo grisáceo que nos impidió descubrir qué actividades se llevaban a cabo en su interior y sus ventanas casi tapiadas con maderas —parecía que los obreros habían decidido dejar unos centímetros sin tapar por algún motivo o, quizá, porque eran unos ineptos— tampoco daban mucha pista de lo que podía haber sido, en su día, aquel edificio escondido en el callejón.

No pasaron ni dos minutos y, tras retirar el candado roto, me dispuse a abrir la vieja puerta y a internarme en el feo y oscuro edificio. Fue entonces cuando, de un modo repentino, oímos voces de mujeres, hombres y niñas que al unísono coreaban llantos desesperados, risas, gritos y cantos de alegría que provenían del interior. Todos aquellos sonidos compusieron, a la vez, una terrorífica sonata de pesadilla que crecía a cada décima de segundo consumida. Andrea me advirtió, rauda y, quizá, consciente de lo que sucedía:
—¡Ciri! ¡Corre! —<<¿A quién das tú órdenes?>> Se me ocurrió pensar en aquel momento crítico.

Las puertas del lugar se abrieron de par en par y el polvo cayó poco a poco, descendiendo milímetro a milímetro en el aire gélido de aquella noche cerrada para acabar posándose sobre un par o tres de mis cabellos grasos. La larga melena negra de Andrea recogió más polvo que mi peinado a lo bob. Entonces, dos docenas de personas de muy distinta edad, con la cabeza rapada, con la piel muy blanca y con los ojos ensangrentados salieron en tropel y sin renunciar a su dantesco cántico entremezclado. Un susto de horror recorrió todo mi ser y decidí esperar y observar con detenimiento a la marabunta agitada. Todos sus componentes llevaban una bata amarillenta, sucia y desgastada que les cubría el cuerpo entero hasta los tobillos. La última farola que restaba encendida en el callejón decidió apagarse en ese mismo instante y con ella los gritos, los llantos y las risas cayeron también en el más insospechado de los silencios.

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