Serie B interespacial (II)

Lo cierto es que nadie conocía el nombre real de El Destructor. Debo confesar que ese hecho suponía algo lógico debido tanto a su procedencia desconocida como a sus extrañas costumbres y apariencias. Solo yo le llamaba Usir hacia mis adentros, y le había apodado así debido a su hábito de reírse, de forma constante, durante la batalla. Me explico, “Usir” es en realidad “risu” al revés y “risu“, en latín, significa “risa”. Qué rebuscada llegué a volverme en aquel ambiente de locura interespacial.

El regreso a la base se fraguó como una silenciosa batalla en la que ninguno de los supervivientes de las Fuerzas Interdimensionales quiso decir una sola palabra. Tampoco quise hacerlo yo, que había pasado de ser una estudiante en prácticas militares a parecer la casualidad que evitó una catástrofe. ¿O había sido el arma definitiva? Si bien era cierto que había grandes motivos para dar las gracias, como nuestra supervivencia o la de gran parte de la sociedad anulita, el haber contemplado aquel ataque a los inocentes de Anul y el haber perdido a nuestras compañeras y compañeros nos había destrozado por dentro. Yo, por mi parte, sabía que jamás volvería a ser la misma.

—Entia —Áyade sí tuvo, esta vez, el decoroso detalle de pronunciar mi nombre y, tras una breve pausa en la que giré mi cabeza hacia ella, siguió hablando:
—Debes saber que no volveremos, de momento, a la base. Debemos dirigirnos a Mhe’Trez, la ciudad del conocimiento, y citarnos con las Consejeras Estelares para que nos expliquen qué puede haber causado esa reacción en el monstruo. Gracias a ti, parece que ya tenemos una línea de investigación para destapar las debilidades de El Destructor.

Mhe’Trez, la ciudad del conocimiento. Jamás había tenido la oportunidad de pisar aquella ciudad sagrada en la que la sabiduría lo enmarcaba todo. Las Consejeras Estelares pertenecían a una raza extraña, quizá bastante más extraña que a la que pertenecía el mismo Usir y se decía que suponían una especie única, sin más miembros conocidos. Yo las había visto en algunas digitalizaciones, pero jamás cara a cara: flujos de energía azul, violácea o turquesa definían sus cuerpos, que habían adoptado forma humanoide, y en ellas se dibujaban distintas constelaciones. Eran cuatro, pero juntas componían un único pensamiento colectivo. Los rumores decían que fueron, en su día, un único y poderoso ser condenado a disgregarse en cuatro cuerpos para no perecer. Nadie conocía, si es que los tenían, sus verdaderos nombres.

La comandante parecía haberse sincerado como nunca antes conmigo mientras se esforzaba por ocultar su expresión, que todavía evocaba temor y desesperanza. Un par de lágrimas se le escaparon al volverse y, con sus blancos y largos brazos ahora desprovistos de su armadura, se secó las mejillas húmedas. La nave Ulises estaba a punto de llegar a la sagrada ciudad de Mhe’Trez. ¡Vale! La nave en realidad se llamaba U-266ABBA, pero me pareció un nombre demasiado aburrido y la rebauticé.

Al llegar a la base, la comandante Áyade dejó libres a los exploradores supervivientes y me intentó llevar ante las Consejeras. ¿O ante las Estelares? ¡No lo sé! Nunca supe cómo abreviar ese nombre tan largo con el que se hacían conocer. En fin, digo que la comandante solo lo intentó porque no lo logró: las Consejeras no me dejaron entrar porque no pertenecía oficialmente a las Fuerzas y, por lo tanto y según su criterio, yo no tenía ese derecho. Áyade decidió, entonces, entrar sola y dispuesta a enfrentarse a la imposición. Yo decidí marcharme y visitar la biblioteca cercana a la sala de las Estelares para buscar información sobre aquel risueño diablo.

sere b

Objeto 1. Ilustración por Verna (Gemma Martínez)

La biblioteca estaba llena de libros reales, físicos, palpables, que parecían ya casi olvidados. El medio digital se había apoderado de la industria hacía décadas, al menos en la Tierra, y aquella biblioteca era más bien un museo de recuerdos que algún idealista se empeñaba en conservar. En todo caso, ¿alguien había tenido la luminosa idea de buscar información sobre El Destructor en aquellos viejos archivos? Porque no me costó nada encontrar un viejo libro que databa de cientos de años atrás y en el que aparecían unos monstruos dibujados muy similares a Usir. Quizá fue suerte. El libro, para mi fastidio, no estaba escrito en esperanto y no supe entender bien lo que decía, pero decidí presentarme ante las Estelares con aquel nuevo material.

No obstante, al intentar charlar con el hombre-delfín —¡Qué raza más curiosa!— que se encargaba del lugar, recordé de repente que ya no estaba en la Tierra y que era harto improbable que el sistema de préstamo de libros funcionase igual que en mi antiguo hogar. Me dirigí al encargado para averiguar cómo podía llevarme aquel antiguo ejemplar:

—¿Cuánto cuesta este libro?
—Aquí no aceptamos dinero. Además, ese es un ejemplar muy antiguo —soltó un silbido recurrente y medido que había oído antes en los documentales de animales marinos que veía de cría.

La expresión seria del hombre-delfín contrastaba con su gracioso y apacible rostro de dulzura. Intuí que estaba molesto, no obstante, porque alguien estaba intentando saltarse las normas de su lugar sacro dentro de la respetable ciudad del conocimiento. Recurrí entonces a mi última baza, aceptando que aquel invento mío era muy bueno, pero que no era el arma definitiva que había hecho huir a Usir y le ofrecí, de forma muy educada, un trato:

—Si me deja llevarme este libro, el cual le devolveré en unos días, le haré entrega de mi posesión más preciada: —los ojos del delfín rosa se abrieron de par en par— el arma definitiva.

Desplegué entonces todo el potencial de mi invento y sorprendí al tipo, que se sintió intimidado porque una humana había logrado entrar con una peligrosa arma en su biblioteca. No obstante, tras mi demostración volví a recoger mi creación y le hice entrega del arma definitiva. Mis evidentes intenciones pacíficas se tradujeron en un forzado silencio seguido de un estado en Babia constante del hombre-delfín, que, tras unos minutos de observación, soltó:

—Trato hecho.

Lo cierto era que no me preocupaba que un desconocido se hiciese con mi arma definitiva, porque de ningún modo podría activarla sin mi ojo. Cogí el libro y me marché corriendo hacia la sala de las Consejeras para descubrir que Áyade estaba abandonando el lugar. Me dirigí entonces a ella para mostrarle el libro, pero su aparente frustración no me dejó explicarme. Las Consejeras Estelares parecían haberla ignorado por completo y sus recursos se estaban agotando. Entonces, abrí el libro y le enseñé sus dibujos y ella, en un acto repentino y poco habitual, me abrazó. Me quedé plantada cual bicho palo y, después, nos dirigimos a toda prisa a la Ulises para regresar a la base y dar con alguien capaz de traducir los antiquísimos textos. La ciudad del conocimiento nos había dado la espalda, pero habíamos sacado algo provechoso de ella.

Al llegar a la central militar, Áyade se dirigió directamente a las residencias de los miembros honoríficos retirados. Allí, habló con todos y cada uno de los ancianos y ancianas pero no sacó nada en claro sobre el viejo texto. Habíamos pasado más de veinticinco horas seguidas viajando, luchando, perdiendo, viajando, siendo ignoradas, investigando, llorando. Estábamos tan cansadas que decidimos retirarnos, como ya lo había hecho el resto de los miembros de las Fuerzas Militares, para dormir unas horas.

Las horas que logré dormir, no obstante, fueron muchas menos de las deseadas. Un enorme estruendo que condujo a nuestros cerebros el evidente déjà vu se oyó por toda la base. El Destructor había llegado. Todos los miembros de las Fuerzas se levantaron, se vistieron, se armaron y corrieron a encontrarse con la calamidad. La comandante vino a buscarme para acabar de una vez por todas con el monstruo traicionero. Llevaba dos armas definitivas y me hizo entrega de una de ellas. Su cara expresaba la carga de horas que llevaba sin dormir. Me enseñó una hoja arrancada del libro de Mhe’Trez y lo entendí.

Al llegar al exterior, observé como Usir, esta vez, sí había utilizado sus otras armas. El fuego, la muerte y la destrucción lo cubrían todo. Los instantes siguientes los recuerdo como los momentos de acción más frenética que las antiguas cintas cinematográficas nos ofrecen a cámara lenta. Me dirigí, a ritmo pausado, hacia el monstruo, que se encontraba muy ocupado y de espaldas a nosotras. Áyade me hizo un gesto con las manos para que me acercara a él y se quedó atendiendo a algunos heridos que no guardaban muchas esperanzas de salvación. Activé el arma definitiva que me había facilitado la comandante y que, por suerte para mí, llevaba en su código una pequeña trampa: todas podían activarse gracias a mis retinas. Qué material más preciado. Me subí al vehículo que acababa de desplegar y me puse a la altura de la cara de Usir. Sus carcajadas cesaron entonces, como si una enfermedad sin síntomas comenzara a recorrer todo su cuerpo, debilitándole y haciéndole caer en la más sombría duda.

El monstruo de porcelana se giró, lento y tedioso, y yo puse mis dos manos temblorosas en su quebrada máscara. Tras unos segundos de duda y silencio, Usir se quitó los auriculares y lanzó el aparato de música al suelo, que se rompió, silencioso. El Destructor parecía rendido ante la evidencia, parecía consciente de que aquella era su última travesía. Yo no estaba demasiado convencida de lo que podía suceder entonces, pero le arranqué la máscara del rostro en un acto intuitivo y observé, con grave sorpresa, aquella cara tan familiar. Su sonrisa se fue apagando, entonces, progresivamente y el monstruo, ahora más humano, cayó, inerte, sin vida y rendido a mis pies.

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