Serie B interespacial (I)

La comandante Áyade no sabía cuando Usir, también conocido como el Destructor, volvería a atacar. El tipo ya había arrasado cinco ciudades desde su extraña aparición y ningún miembro de las Fuerzas Interdimensionales había logrado dañarle. La mayoría de los que se habían encontrado con la mala suerte de enfrentarse a él habían muerto, de hecho y un par se encontraban sumidos en un coma indefinido.

Corría el rumor por la Academia de que el misterioso enemigo apareció de la nada y de que era muy peculiar, tanto en apariencia como en carácter. Y eso es decir mucho, pero muchísimo, en la época de multitud racial en la que vivimos: mujeres-lagarto, rocas lunares parlantes, esa extraña raza de piel blanca cuyo nombre no sé ni pronunciar y a la que pertenece la comandante… No se sabía con certeza ni qué planeta habitaba el Destructor ni cuál era su origen. Había teorías, claro, pero siempre las hay.

En todo caso, yo tampoco me fiaba demasiado de los rumores que corrían por la Academia Militar. Estaba cursando mi último año como estudiante y había logrado sacar la nota más alta de la clase en el trabajo que se conocía como “Proyecto Final”, aunque debo reconocer que el listón no se encontraba demasiado arriba: fui la única que se atrevió a construir algo en vez de escribir trabajos teóricos que intentaran modificar las actuales Leyes Espaciales o que crearan nuevas palabras para el esperanto, la lengua que se había extendido por toda la galaxia como método de comunicación interracial oficial. ¿Quién lo hubiera dicho, eh? Gracias, Zamenhof.

Con dos años de esfuerzo acabé inventando el arma definitiva, o así me gustaba llamarla a mí: se trataba de una especie de vehículo individual destinado a los miembros de las Fuerzas Interdimensionales y que, además, se podía transformar en una pesada lanza a voluntad de su poseedor (mediante reconocimiento ocular, eso sí). También disparaba rayos láser.

Fue así como, tras impresionar a todos los profesores de la academia militar, decidieron premiarme y me notificaron mediante un chico joven que les servía de recadero: “Señorita Entia, será usted destinada en prácticas a la siguiente expedición rutinaria al pueblo de Anul, en el centro del sistema B-13”. Me quedé plantada durante unos segundos cual árbol sagrado y me emocioné tanto por dentro que me marché sin darle las gracias al mensajero. Aunque tampoco debía agradecérselo a él, sino a mí misma. Así que gracias, Entia. De nada, mucho gusto.

Por suerte para mí, mi creatividad no era lo único que me hacía peculiar. Era una humana en un universo plagado de extrañas razas. O eran extrañas para mí, al menos. La Tierra había quedado hecha añicos a partir de los misterios sucedidos en la ciudad sin nombre. Me largué de allí con nueve años y, con diecisiete, estaba dispuesta a unirme a los militares espaciales. Menuda locura. Debo confesar que tuve suerte, porque la mayoría de extraterrestres (así está bien dicho, ¿no?) no ocultaba sus prejuicios raciales y no dudaba en ignorarme o ironizar sobre mi débil condición humana. Mejor para mí, menos enemigos a los que identificar.

Volviendo a Usir, el Destructor, el tipo raro que arrasa ciudades, él era… Algo así como un forajido de la ley mezclado con un loco, pero con un loco de los de atar. Llevaba una máscara que parecía de porcelana de color blanco marfil siempre puesta que, según decían, estaba bastante demacrada por las guerras que él mismo había declarado. A causa de ese capricho, debía llevar siempre encima una bombona que le ayudase a respirar.

Mientras luchaba, Usir llevaba siempre encima un aparato del que salían dos auriculares clavados en sus oídos para que no se le escaparan en el fragor de la batalla y diseñados específicamente para su uso personal. O eso decían. El Destructor escuchaba música y cantaba mientras masacraba ciudades o, en ocasiones, se reía a carcajada limpia. Además, una armadura que, en realidad, era innecesaria, cubría todo su cuerpo y siempre iba cargado hasta los dientes con armas de distinto tipo. Armas que, por cierto, nunca utilizaba, con excepción de su puñal, con el que se imbuía de paciencia para matar a sus objetivos uno a uno.

¿Qué? ¿Que cómo podía hacer todo eso sin que le detuvieran? Bueno, Usir guardaba una característica especial bajo la manga: era inmune a todo tipo de ataque que se le había lanzado hasta el momento y, al no conocer a qué raza pertenecía, tampoco nadie había descubierto su punto débil. Todos los golpes que le daban eran ignorados por el monstruo, así como los rayos láser eran repelidos por un extraño escudo invisible que su cuerpo parecía generar.

Mientras me encontraba yo en cavilaciones similares a las que en párrafos anteriores os he escrito, la comandante Áyade me llamó para asegurarse de que conocía los pormenores de la misión; la nave estaba a punto de llegar a Anul para el reconocimiento. Se dirigió a mí con cierta superioridad:

—Bien, emm, humana, ¿sabes cómo funciona todo esto, verdad?

—Entia. Sí. Primer comando armado en primera fila. Exploradores, o sea, nosotros —señalé al círculo de la compañía que no iba armado y a mí—, en medio de la formación y segundo comando armado en la última fila.

Lo que Áyade no sabía es que yo me había guardado la definitiva arma definitiva en mi bolsillo: una versión de tamaño reductible del arma-vehículo que había creado para mi proyecto final. Siempre me gustaba ir un paso más allá y quedarme una versión mejorada de mis proyectos para uso personal. No se ofendan, profesores y académicos, pero ego redibo, tu nunquam [yo volveré, tú nunca]. Ah, el latín.

No pensaba quedarme desprotegida ante ese tal Usir.

—Perfecto —la comandante parecía tranquila, pero su indiferencia era algo que me perturbaba y que  a su vez me recordaba a mi antiguo hogar.

—Eso es muy de la Tierra —le dije de un modo impulsivo. Ella me miró, sorprendida, pero antes de que arrancara a hablar, la nave aterrizó en Anul y decidió ahorrarse su contestación.

 

*

Anul era una tierra preciosa llena de minerales blancos que brillaban como lo hacían los luceros de mi ático en la Tierra. Esas piedras color nieve iluminaban todo el paisaje que la vista pudiera alcanzar en Anul. Conocía bien que ese era el hogar de la raza anulita, una raza a la que yo llamaba “rocas lunares parlantes” y con la que nunca había tenido la oportunidad de empatizar. Hasta ese día.

Al llegar a las afueras de Anul, nos recibió una comitiva de rocas lunares pueblerinas que acompañaban a su Alcaldesa, una roca lunar tres veces mayor que el resto y que era, en vez de gris, blanca como el hielo. La raza anulita estaba compuesta por unos seres redondos con piel de piedra que tenían diferentes protuberancias puntiagudas de color negro carbón.

Cada una de ellas contaba con diferentes puntas de varias formas y no tenían rostro, ni ninguna característica física que se pareciese, en lo más mínimo, al del resto de especies humanoides —espero que mis compañeras no lean nunca este texto, porque referirme a ellas con un término que empiece con la raíz “human-“… No quiero ni pensar en la ofensa que sentirían— y que levitaban gracias a una especie de energía invisible. Su piel, dura como la roca, dibujaba cráteres desiguales por toda su superficie. De ahí lo de “rocas lunares”. Ah, y eran capaces de leer y transmitir pensamientos. De ahí lo de “parlantes”. La raza anulita no tenía género y tampoco envejecía de forma natural, pero podía morir por otros motivos.

La Alcaldesa nos dio la bienvenida a todo el grupo perteneciente a las Fuerzas Interdimensionales lanzando un pensamiento colectivo que sus secuaces también sintieron. Antes de que pudiera terminar la presentación cordial —no le dio tiempo ni a decirnos su nombre— se oyó un fuerte estruendo en el pueblo de Anul. Acerté con el primer pensamiento que me vino a la mente y que coincidió con el grito ahogado de la comandante:

—¡¡El Destructor!!

Tanto soldados como exploradores nos quedamos petrificados. Las tres líneas del grupo empezaron a formar, con paso lento y temeroso, hacia la catástrofe que suponía enfrentarse al monstruo de la máscara. El primer grupo de soldados se acercó hasta el pueblo y, a cincuenta metros nos encontrábamos los exploradores y el segundo comando armado, dispuestos a proteger a tantas anulitas como nos fuera posible.

Al llegar al centro del lugar, encontramos a Usir, en efecto. El tipo era muy, pero muy extraño —al final los rumores eran ciertos— y estaba destruyendo a las anulitas una por una con sus manos y su poderoso puñal. Nada de lo que corría por los pasillos de la academia parecía ser falso en ese momento.

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Objeto 1. Ilustración por Verna

El primer comando, compuesto por diez miembros de distinta raza y género, se acercó a Usir, que automáticamente dejó en paz a las rocas lunares para enfrentarse a su nuevo y viejo enemigo. Con su puñal azul atravesó, uno por uno, los cascos de mis compañeras y compañeros hasta que no quedó ninguno con vida. La sangre brotaba como en las películas de Serie B de los ochenta. Antes, los caídos le dispararon rayos láser, intentaron atacarle cuerpo a cuerpo e incluso le provocaron con palabras que nunca oyó. El tipo no se detenía y repelía todos y cada uno de esos ataques mientras se reía a carcajada limpia y cantaba algo que sonaba parecido a esto:

—La muerte puede bailar. Puede bailar conmigo, puede bailar contigo y contigo… — Luego silbó. Me pregunté entonces si aquel aparato musical recogía éxitos grabados por él mismo o si solo escuchaba música al que él, de forma improvisada, le ponía la letra. Su talento musical estaba, por cierto, muy por debajo de su poderío bélico.

El primer comando cayó rápido, y tras él lo hizo el segundo, que salió en defensa de su comandante. Tan solo restábamos los exploradores y Áyade, y todos estábamos atemorizados. Saqué fuerzas del vacío y la tristeza que sentía en ese momento para desplegar mi arma y la acerqué a mi ojo para transformarla en lanza. Usir se acercaba, lento y pesado.

Yo me encontraba, valiente de mí, en la primera fila del desastre. Al llegar el monstruo, me di cuenta de que medía casi tres metros. Alzó su cuchillo y lo hizo bajar en dirección a mi cabeza para, justo antes de clavármelo, frenarse en seco y gritar:

—¡Ah!, ¡No!, ¡¡No!!, ¡¡¡No!!! —Y detuvo mi asesinato.

El Destructor guardó su cuchillo y se marchó a toda prisa, dejando a más de la mitad de los ciudadanos de un lugar que atacaba vivos por primera vez. Habíamos logrado detener su catástrofe. Tras unos minutos de silencio en los que esperábamos su regreso, se me ocurrió decir, de forma poco acertada:

—¡Ha sido el arma definitiva! —Pero no obtuve respuesta.

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