Salada inmensidad (II)

¡Atención! Si no has leído aún la primera parte del relato, puedes hacerlo aquí: Salada inmensidad (I)

 

Parte II

Recuerdo que el día siguiente al sobresalto doble amaneció muy nublado. Una llovizna londinense mojaba las calles de la ciudad sin nombre, y todo el mundo insistía en llevar un paraguas para protegerse de la calamidad. A mí, sin embargo, siempre me había gustado refrescarme gracias a la dulce inmensidad de la lluvia. Salí de casa convencido de encontrar a Ciri dispuesta a no mostrarse durante ese día tan irónica conmigo y mis propuestas, pero mi yo interior no hacía más que engañarse ante la evidencia: Ciri era Ciri y no iba a despertarse de repente siendo una persona distinta. Lo comprendí demasiado tarde.

Llegué a casa de Ciri a las diez y cuarenta y tres de la mañana. Seguía chispeando y al encontrarme con ella de frente, la observé, de nuevo, y esperé su amable saludo.
—¿Qué miras? —me dijo, brusca.
Decidí no contestar ante su insistente humor de perros. Si bien su sarcasmo y sus punzantes respuestas eran algo recurrente en nuestra extraña relación, nunca había llegado a expresarlo de un modo tan extremo. Llegué a la conclusión de que, al haber tenido yo la idea de sentarnos a observar el mar durante la noche anterior, me culpaba por lo sucedido en la playa.

Al cabo de unos minutos de andar paseando juntos sin que ninguno se atreviera a mediar palabra, nos dimos cuenta —casi a la vez— de que una cuestión mucho más grande y misteriosa que nosotros nos ocupaba durante aquellos dos días de finales de septiembre. Ciri habló:
—Creo que deberíamos volver a la playa —no me dio ni dos segundos de tiempo para contestarle y siguió:
—¿Qué otra opción tenemos? —preferí ignorarla y obedecer.

La evidencia nos condujo entonces hacia la playa que, horas atrás, nos había atemorizado tanto. Eran las once y cincuenta y nueve de la mañana y el cielo insistía en deleitarnos con sus medidas dosis de agua. Al llegar allí, observamos a un hombre y a una mujer vestidos con una túnica de color azul oscuro y encapuchados. Recordé entonces que esos eran los ropajes que había podido observar en las reuniones de las Barracudas, y debo reconocer que ciertos escalofríos recorrieron mi espalda al acordarme de sus cánticos. Si su objetivo con la capucha era el de pasar desapercibidos, debo decir que con aquellas extrañas vestimentas no lo hacían en absoluto. No había nadie más en la costa, eso sí, así que habían escogido un día y una hora bastante acertada para hacer lo que estuvieran haciendo.

El hombre y la mujer no nos vieron llegar porque, como era evidente, aquella enorme capucha no les permitía ver demasiado si no alzaban exageradamente la vista. Nos acercamos a ellos con cautela y se me ocurrió preguntarles, al cogerles desprevenidos, la evidencia. Miré antes el reloj; ya eran las doce:

—Buenas tardes, ¿pertenecéis a las Barracudas? —la mujer encapuchada miró entonces al hombre y viceversa, o al menos lo intentaron para acabar viendo solo un trozo de tela azul que les tapaba su panorama visual. Volví a preguntarles modificando el tono. Para sorpresa nuestra, el extraño dúo no contestó a nuestras preguntas y decidió marcharse corriendo y sin levantar sospecha alguna.

A uno de ellos se le cayó de la túnica una especie de llamativo panfleto de colores fluorescentes en el que se podía leer: “Pasarela de moda con las modelos más icónicas del momento”. ¿O ponía irónicas? No tiene importancia. En el panfleto aparecían fotografías de una extraña moda que se había expandido hacía unos años en las que personas con enfermedades extrañas y que, a causa de ellas eran distintas físicamente al canon habitual, hacían de modelo en grandes pasarelas de moda.

A este tipo de modelos se les conocía por el nombre de singularidades y siempre me habían parecido una excusa del mundo de la moda para seguir creciendo, para seguir llamando la atención y para seguir llenando sus bolsillos con nuevas y rompedoras tendencias. Y parecía funcionarles. Ciri me quitó la octavilla que previamente había recogido del suelo y se dio cuenta de que en él aparecían una dirección y una fecha. Debo decir que tuvimos una suerte insólita o que quizá la intención de aquellas dos Barracudas tenía relación con la pasarela, pero descubrimos gracias a aquel fortuito encuentro que el evento daría comienzo a las tres de la tarde. Las dudas asaltaron mi falta de atención:
—¿Cómo entraremos, Ciri? Seguro que es un pase privado. —Ciri nunca me llamaba por mi nombre, pero a mí me encantaba pronunciar el suyo.
—Debes leer más. En el panfleto pone claramente: “Entrada libre”.
—Creo que pediré hora a la óptica.

 

*

Tras disfrutar de una improvisada y rápida sesión de comida basura, Ciri y yo nos dispusimos a acercarnos a la pasarela, que estaba a punto de dar comienzo. Cogimos asiento a la izquierda de la entrada principal y preferimos observar hasta que descubriéramos algo que nos llamara la atención. Esperábamos, como no podía ser de otra forma, que aquellas dos Barracudas irrumpieran en el lugar con alguna extraña intención. Si lo hacían de incógnito sin sus túnicas, no obstante, no podríamos reconocerlas, pero decidimos fijarnos bien en el público mientras la pasarela estaba en marcha.

La primera singularidad que emergió de detrás del telón fue una mujer que sufría de enanismo y que debería rondar los cincuenta años. Iba vestida con pelajes de osos —pelajes artificiales, eso sí, pero parecían de oso— blancos y marrones que cubrían todo su cuerpo. En ese momento pensé que exhibir a personas con ciertos problemas resultaba algo ofensivo, pero más tarde llegué a la conclusión de que la última palabra la tenían ellas, ¿cierto?

La segunda modelo que se atrevió a pisar la pasarela era muy alta, pero la curvatura de su espalda era tal que impedía mostrarlo y casi daba la sensación de que caminaba como los seres cuadrúpedos. No me fijé demasiado en su vestimenta, porque su condición llamaba mucho la atención y porque alternaba mis visitas oculares hacia la pasarela con mi vigilancia del público. No vi nada sospechoso y entendí que Ciri tampoco, porque no me lo comunicó. Ciri, por cierto, observaba de vez en cuando a las modelos con una mezcla de extrañeza, recelo y sorpresa. Parecía que tampoco acababa de compartir las ambiciones y vicisitudes del mundo de la moda.

dibujo

Objeto 1. La segunda singularidad, por Verna

La tercera singularidad, no obstante, parecía estar rodeada de una aura distinta que llamó tanto mi atención como la de Ciri. Ambos pasamos entonces a analizar a aquella mujer joven de rostro familiar, cuyas peculiaridades eran varias: no tenía cabello ni tampoco cejas, su piel era nieve y su cabeza tenía una forma desigual que llamaba mucho la atención. Tras darnos cuenta de que sus grandes ojos negros estaban algo separados, Ciri y yo nos miramos, evidenciando que solo restaba una coincidencia para confirmar que aquella singularidad era el primero de los dos monstruos marinos que nos habían sorprendido la noche anterior. Su ropa era de un color naranja fluorescente muy llamativo y contrastaba con su piel.

La tercera de las modelos avanzó a paso lento y pesado hasta que llegó al final de la pasarela. Antes de darse la vuelta para regresar al agujero del que había salido, la singularidad miró a todo el público dos o tres veces, moviendo su cabeza lentamente y paró su mirada, no supimos si queriendo o de forma involuntaria, en Ciri y en mí, que estábamos a su izquierda. La modelo sonrió para mostrar el vacío y la ausencia de dientes nos confirmó lo que ya nos parecía evidente. Ciri y yo nos miramos una vez más y nos levantamos al unísono. Mientras la modelo volvía, nosotros nos dirigimos a la parte trasera de la pasarela, para intentar hablar con ella. Ese día me quedó claro que las prisas no son buenas consejeras, porque mientras nos dirigíamos corriendo a dar con la que parecía el monstruo marino del día anterior, intenté mirar la hora una vez más, me tropecé con no sé qué y me caí al suelo, dejando que mi reloj (que siempre me había gustado llevar al revés de lo usual) se partiera contra el suelo. Las agujas no se movieron más, pero debían ser las tres y treinta y siete de la tarde. Ciri resopló con una mezcla de decepción y nerviosidad y me ayudó a levantarme.

Al llegar a la parte de atrás de la pasarela, la extraña mujer de tez blanca parecía estarnos esperando. Se había cambiado de ropa. No hubo persecución y tampoco tuvimos que enfrentarnos con ningún guardia de seguridad, cosa que agradecimos, pero que también nos obligó a hablar con la muchacha sin preparación previa:
—Hola, buenas tardes —dijo Ciri. Aunque quizá no eran muy buenas para ella.

La mujer de tez blanca nos miró con sus enormes ojos e hizo un gesto con las manos, dándonos a entender que no podía contestarnos. No tardó en llegar la primera singularidad que había atravesado la pasarela. Nos saludó y le entregó una especie de pizarra blanca y un rotulador verde a la tercera modelo y nos dijo:
—Le da vergüenza hablar. Le cuesta que la entiendan. Pero os contestará con su pizarra —se dirigió entonces a su compañera —¿Está todo bien, Áyade? —Áyade asintió y la mujer enana se marchó.

Ciri y yo nos quedamos solos de nuevo con la modelo y en ese momento pensé que el tiempo avanzaba a una impresionante velocidad y que el no tener un reloj para controlarlo me hacía sentir más débil y más pequeño aún ante la situación que estábamos viviendo. Decidí preguntarle directamente a Áyade:
—Te vimos ayer saliendo del agua, en la playa. ¿Puedes explicarlo?

La mujer empezó a escribir en su pizarra blanca y entonces la giró hacia nosotros. En ella puso: <<Las Barracudas nos torturan bajo el mar>>. Nos sorprendió aquella información tan directa porque jamás nos hubiésemos imaginado nada parecido, si es que de tan extraña situación pudiéramos imaginar algo. La chica borró con su mano su primera frase y escribió algo que parecía diez veces más largo. La tinta verde manchaba su blanca piel.

Entonces, con un rostro que entremezclaba miedo y asco, giró su pizarra y nos la enseñó de nuevo. La letra esta vez era mucho más pequeña: <<Me arrancaron los pelos de la cabeza y de las cejas uno a uno. No hablé. Me pegaron una y otra vez. No hablé. Retorcieron mis sentidos hasta hacerme enloquecer. No hablé, y como estaba claro que no pensaba hacerlo, empezaron a arrancarme los dientes, uno a uno>>. Áyade empezó a llorar.

Nuestras caras de asombro señalaban claramente que la información que nos llegaba gracias a Áyade nos saturaba. Giró la pizarra de nuevo, borró lo escrito anteriormente y volvió a escribir algo para enseñarnos su letra por penúltima vez: <<Logré escapar. No estoy enferma. No lo estaba antes, al menos, pero las singularidades acogen a personas en mi situación que han logrado escapar. Las pasarelas públicas siempre están llenas de gente y estamos protegidas. Al menos de momento. Nos aprovechamos de la moda>>.

Áyade volvió a borrar la pizarra, y esta vez lo hizo con una mezcla de rabia y enfado. Sus lágrimas de impotencia seguían cayendo, una a una. Sollozaba. Nos pareció que sus próximas palabras iban a sorprendernos todavía más, y así lo hicieron: <<Pero tengo un problema. No consigo recordar la playa de la que habláis. Vuestras caras son un recuerdo difuso, pero la playa no es nada; llevadme hasta ella>>. Ciri y yo nos miramos, con duda, esperando que Áyade escribiese algo más, pero juntó sus dos largas manos indicando un por favor.

Mi compañera y yo no pudimos más que aceptar a Áyade y a su propuesta, y la acompañamos en taxi hasta la costa en la que, la noche anterior, ella misma nos había dado un susto de muerte. Al llegar al punto exacto —o, mejor dicho, aproximado— en el que Ciri y yo vimos emerger a los monstruos que ya no eran monstruos marinos, Áyade empezó a andar, de nuevo con aquel ritmo pesado y lento que le caracterizaba. La mujer empezó a desnudarse para entrar en el agua poco a poco hasta hundir todo su cuerpo en ella. A la poca luz del sol que filtraban las nubes pude observar algunas heridas bastante profundas en su cuerpo. Lo que Áyade hizo no logró distraernos de nuestro asombro ni tampoco resolvió nuestra confusión, pero Ciri decidió gritar ante el desesperado acto de locura que acababa de observar:
—¡¡Áyade!! ¡¿Qué haces?!

Unos cinco segundos después, un par de túnicas azules salieron a flote en la salada inmensidad, acompañadas de dos cuerpos que parecían ser los de una mujer y un hombre. Siete u ocho segundos más tarde, una renovada Áyade emergió de dentro del agua. Volaba. Había recuperado su larga y negra melena y también sus cejas y sus dientes. Su heridas habían desaparecido. Ciri y yo no entendimos nada de lo que sucedía. Áyade gritó, repentina:
—¡¿Quiénes son las Barracudas?! ¡¡Son los auténticos monstruos!!

Áyade parecía haber enloquecido de rabia y dirigió entonces su mano hacia el agua y la alzó hacia el cielo, logrando así que de ella emergiera una mezcla de edificio y submarino de cuatro plantas en el que, a través de sus cristaleras se podían distinguir a miembros de las Barracudas y a sus azules túnicas. Ninguno de los que Ciri y yo vimos, de forma fugaz, tenía la capucha puesta esta vez. Áyade movió sus manos una vez más y dirigió su energía invisible hacia la costa, a unos metros de nosotros, estampando al edificio submarino y destruyéndolo por completo. Ninguna de las Barracudas parecía haber sobrevivido. Entonces Áyade volvió a gritarnos:
—¡¡Deberíais abandonar esta ciudad maldita!! —y se marchó volando hacia las nubes oscuras, desapareciendo de nuestra vista para siempre. Ciri modificó ligeramente la pregunta que me había hecho el día anterior y la lanzó de nuevo:
—¿Qué diablos ha sido eso? —No pude más que modificar mi respuesta basándome en la que le había dado la noche anterior:
—¿Un ser de otro mundo?

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