Emma o el realismo

Emma, vuelta a su casa, [creyó] que poseía, al fin, aquella pasión maravillosa que hasta entonces se había mantenido para ella como un pájaro de plumaje rosado revoloteando por los cielos poéticos.

Hace casi un año os hablaba en A Librería de la obra maestra de Gustave Flaubert, Madame Bovary (1857). Podéis leer mi crítica a dicha obra aquí.

En la entrada de hoy, no obstante, quiero profundizar en la que es, con diferencia, el personaje más importante dentro del contexto de la obra del autor francés. Emma Bovary fue construida con gran acierto por Flaubert, que logró también crear una atención en el lector para que toda la historia y su experiencia girara en torno a una muy realista Madame Bovary.

Resolviose, pues, impedir que Emma leyese novelas; la empresa era difícil , mas la buena señora se encargó de ella. Cuando pasara por Rouen debía ir en persona a casa del alquilador de libros, y decirle que Emma cesaba en su abono. ¿Acaso no tenían derecho para avisar a la policía si el librero insistía en su oficio de envenenador?

Emma Rouault (más tarde, Bovary) se nos presenta como una amante de la lectura, como una mujer insatisfecha que nos lleva a reflexionar, en múltiples ocasiones, sobre nuestra propia vida —y esto es adaptable a lectores de cualquier sector social, a lectoras de cualquier país incluso—, y sobre los sentimientos que, en ocasiones, nos inundan hasta ahogarnos en las obras literarias que leemos y que nos presentan otras vidas, otras posibilidades, nuevas alternativas a lo que nos ha tocado ser o vivir. Y es que en múltiples ocasiones, el ser humano carece de la valentía o del arrojo necesarios para mostrarse como realmente es. O se encuentra, por otra parte, cohibido por un contexto que le ahoga. Ay, la vida en sociedad. Y en el caso de Emma: ay, la obligada vida en matrimonio.

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Objeto 1. Portada de Madame Bovary 

El personaje de Emma establece, por lo tanto, ciertos paralelismos identificativos con casi la totalidad de lectoras y lectores que la han conocido y la conocerán —y esto es una gran generalización, pero es ciertamente algo a tener en cuenta— y supone para ellos un símbolo de su yo más íntimo, más interior y oculto, de su yo que más desea salir a reivindicarse pero que prefiere vivir en las ocultas aventuras de los libros que lee. Su marido, el tosco doctor Charles Bovary, es símbolo de insatisfacción personificada, y hace de punto contrario con la admirable Emma, que solo desea ser libre y marcharse para ser ella misma. El doctor de Tostes se nos presenta, por lo tanto, como una metáfora viva de la injusticia vital, del conformismo y de los impedimentos ilógicos que podemos encontrar en nuestros objetivos y sueños. Es, además, un personaje falto de inteligencia y de sensibilidad artística.

Volvió a leer la carta, y le pareció excelente.

—¡Pobrecilla! —pensó, enternecido—. Va a creer me más insensible que una roca. Hubiera sido preciso dejar caer alguna lágrima encima; pero no puedo llorar; no es mía la culpa.

Conforme avanza la historia de Madame Bovary, Emma va evolucionando también y va perdiendo la cabeza en los libros que lee, que le ayudan a simular la felicidad que busca y cree encontrar, pero que no es capaz de llegar a sentir. No en vano se ha comparado en varias ocasiones a Emma con Don Quijote, pues ambos dejaron atrás la cordura leyendo libros y más libros y obsesionándose con lo que en ellos aparecía. Qué trágico porvenir.

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Objeto 2. Ilustración por Verna (originalmente para A Librería)

El objetivo de Flaubert en Madame Bovary era el de no esconder la verdad. Así, con un estilo impecable, logró convertirse en un gran representante del género realista. En su obra clave, además, consiguió crear uno de los personajes más aclamados de la literatura universal, a la vez que desnudó a todos sus otros personajes para que el lector tuviera claro que, a pesar de encontrarse en segundo plano, todos tenían personalidades realistas y diferenciadas. Emma es considerada uno de los mejores personajes de la literatura occidental, sí, y a la vez es la observación de la realidad, de nuestra realidad social a través de unos ojos y un pensamiento marcados por la innumerable cantidad de ficción que han absorbido y que han inundado su imaginación poco a poco y de forma progresiva. Madame Bovary es uno de esos clásicos que nunca mueren.

Descendían las sombras lentamente. El sol horizontal, pasando por entre las ramas, la deslumbraba. Aquí y allá, en torno suyo, en las hojas y por el suelo, temblaban manchas luminosas como si colibríes volando hubiesen desprendido varias plumas.

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