Salada inmensidad (I)

En la presente entrada os traigo un nuevo concepto para el blog de Proyecto ficción que es posible que hayáis visto en otros lugares. Debo confesar, antes de explicaros más sobre la nueva categoría, que me encanta ver como el blog va creciendo y como va coleccionando reacciones de todo tipo, así que quería daros las gracias a tod@s los que, ya sea de vez en cuando o de forma habitual, os pasáis a leerme.

Sin más, os introduzco el nuevo apartado del blog, que incluirá distintos textos a los que he bautizado como Relatos oníricos. De hecho, he decidido llamarlos así por su evidente procedencia: la idea central del texto proviene de un sueño que alguien tuvo. ¿Que si estarán todos basados en sueños míos? ¡Por supuesto que no! ¡Y qué extraños experimentos se me ocurren, por cierto!

Aquí os dejo con el primer ejemplo, que estará dividido en dos partes:

Parte I

Ciri y yo disfrutábamos de aquellas olas nocturnas en la costa de la ciudad sin nombre —o, mejor, de la ciudad que prefiero no volver a nombrar— y nos dejamos llevar por hondas reflexiones que se encontraban bastante alejadas de las del otro. Yo, por mi parte, pensaba en la inmensidad del mar y sí, qué tema más tópico y poco característico, pero después me imaginaba andando por la infinitud de su superficie para acabar hundiéndome para siempre. ¿Andar por el agua? Menudo sinsentido. “Qué pequeños somos en comparación con esas entidades casi divinas que ocupan la Tierra”, pensé. El agua, la luz, el aire, el fuego, vacua oscuridad. Era altamente probable que Ciri no pensara en nada de todo lo que os menciono, o que incluso sus profundos pensamientos hubieran caído en una temática antónima. No podía saberlo y tampoco hubiese querido violar su intimidad más de lo que ya me atrevía a hacerlo de vez en cuando.

No sé ella, pero después de mi gran esfuerzo por pensar en una y tantas cuestiones que consideraba vitales, pero ignoradas por el ciudadano de a pie, mi esfuerzo se había visto mermado por momentos hasta caer en la quietud. Me decidí a observar el mar y su constante y leve traqueteo. Su calmado pero amenazante oleaje despertó en mí un miedo extraño, casi infundado, que desapareció instantes después. Cuando ambos nos encontrábamos mirando al vacío, y buscábamos la fórmula para romper aquel silencio que para nada resultó incómodo, vimos emerger una extraña figura de dentro del agua.

Una entidad humanoide de aspecto raquítico emergía poco a poco, muy lentamente, y lo que parecía una persona que había naufragado se fue revelando gracias a la potente luz de la luna llena. La forma de su cuerpo la hacía parecerse a una mujer joven, pero sus facciones eran de lo más extrañas: no tenía cabellos, no tenía cejas y tampoco tenía dientes —cosa que vimos gracias a su insistencia latente de coger aire en grandes cantidades—. Sus enormes y separados ojos negro azabache miraban hacia el cielo y parecían contrastar con su tez blanca cegadora y su cabeza tenía una forma extraña, como muy abultada y que se exageraba aún más por culpa de su calvicie. Ciri y yo nos miramos, casi al instante, pero el temor y la incertidumbre nos habían paralizado. La criatura se acercaba poco a poco hacia nuestra posición, dando cada paso más lento y poderoso que el anterior y dejando entrever el más hórrido de los futuros próximos.

Su respiración forzada, sus pasos medidos y su misteriosa faz se grabaron más a fuego en nuestras mentes cuando, dispuestos a enfrentarnos a lo desconocido, se nos quedó mirando a ambos mientras giraba lentamente su cabeza para más detalle. El tiempo pasó entonces demasiado lento para mi gusto y lo que parecieron minutos de notoria ambigüedad se convirtieron en segundos previos al terror. La criatura de blanca tez se giró, entonces, moviéndose de forma más rápida que nunca para volver a mirarnos casi de modo instantáneo y soltar un grito desesperado en frente de nuestros rostros. No sé si fue su saliva o el agua del mar lo que nos mojó.

Alejándose altamente de las expectativas, la extraña y deteriorada muchacha se marchó, entonces, corriendo hacia la profunda oscuridad del este de la costa. Ciri y yo tardamos unos minutos en reaccionar y mirarnos, algo confusos, algo desorientados por lo que acabábamos de contemplar. Entonces, una calmada —quizás demasiado— Ciri decidió romper el hielo que antes nos envolvía y que aquella criatura había roto de golpe:
—¿Qué ha sido eso?
—No lo sé, de veras que no lo sé.
—¿Era humana?
—O quizás un monstruo marino.

Ciri y yo no sabíamos en ese instante qué hacer. Marcharnos nos asustaba, pero quedarnos nos atemorizaba todavía más. ¿Estaría la extraña criatura esperando entre las sombras, acechando para terminar lo que parecía haber empezado? ¿O, por el contrario, se habría esfumado para jamás volver a rociarnos con sus asquerosos fluidos? ¿O acaso eran esos fluidos agua del mar? Demasiadas cuestiones similares a esas resonaban en mi cabeza, y quizá también en la de Ciri, que me miraba esperando una iniciativa que nunca llegó.

Un par de minutos después de nuestra nueva estancación, los eventos decidieron tomar las riendas y apostar por cuál sería nuestro siguiente objetivo. Esta vez fue Ciri la que se percató de que algo o alguien surgía de entre las olas del mar y decidió levantarse, casi instantánea, para no desvelarle a sus retinas lo que de allí estaba saliendo. Yo me levanté tras ella y ambos nos dispusimos a correr, dejando atrás a aquel horror misericordioso y, ahora, repetido. El eco de la situación anterior se clavaba en nuestras espinas dorsales, haciéndonos sentir una mezcla de pinchazo y escalofrío por toda la espalda. El miedo nos había, esta vez, activado ante un peligro que parecía acercarse más y más y, de hecho y en contraste con la anterior criatura, la nueva se movía mucho más rápida y logró, no entendíamos como, correr a una velocidad increíble por la arena de la playa, que nos echó encima en alta abundancia al adelantarnos. Al verle, comprendimos que este nuevo ser era algo distinto; se parecía más a un hombre anciano. Yo no comprendí palabras en los chirridos del eco de los gritos del monstruo en el vacío de la costa, pero Ciri me juró que había entendido que gritaba una y otra vez la palabra barracuda.

Y sí, es cierto que la barracuda es un animal marítimo cercano a los tiburones y característico por su rapidez y por su agresividad, pero a mí la palabra barracuda me acercaba a una realidad pasada distinta y bastante alejada de las profundidades marítimas. Barracuda era el nombre de un grupo de fanáticos religiosos a los que se creían alejados de toda peligrosidad, pero cuyas reuniones a la luz de la luna nunca me habían dado buena espina. En ellas, grupos de mujeres y hombres de distinta edad se repartían en círculos, se cogían de las manos y empezaban a entonar enfermizos cánticos procedentes, quizá, de una muerte danzante. Cualquiera que se haya topado una noche de día trece con estas reuniones por casualidad sabrá de lo que hablo, y sabrá también que en ese momento las Barracudas solo le habrán dado deseos de salir corriendo y de llegar a su casa para arroparse en su cama a la espera de un nuevo día.

En realidad, y esto es un tecnicismo, el grupo de locos creyentes —y también cierta especie de barracuda común— se llaman Sphyraena chrysotaenia, es decir, el nombre científico (en latín) del mencionado animal. Pero desde sus creadores hasta las personas que solo han oído hablar de ellos se dieron cuenta de que un nombre tan complicado jamás resultaría lo atrayente y llamativa que debe resultar una secta y, de forma popular o quizá oficial, acabaron adoptando el nombre de Barracuda. ¿Que cuáles son sus creencias? No sabría describirlas con claridad, más allá de las pocas prácticas que de ellos he observado. Lo único que puedo confirmar con absoluta certeza es de que no inspiran ni confianza ni tranquilidad.

agua proyecto ficcion

Objeto 1. Ilustración por Verna

Ciri y yo decidimos, cuando todo parecía en calma y ninguna de las misteriosas criaturas había regresado, marcharnos y volver a vernos al día siguiente para indagar un poco más sobre las Barracudas. Nos despedimos así:

—Buenas noches, Ciri.

—Sí, muy buenas. —Su sarcasmo siempre me dejaba en Babia.

2 comentarios sobre “Salada inmensidad (I)

Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: