Luces y sombras en el bosque de Eco

Hoy, en colaboración con Gemma Martínez (Verna – Bocetos de ficción) os traigo una nueva categoría para el blog a la que hemos decidido llamar Improvisación a contrarreloj. El concepto es simple y se nos ocurrió el otro día, a última hora en el trabajo, cuando ya no nos quedaban fuerzas para nada que no fuese esperar a que el reloj marcara las ocho y media.

Como podréis adivinar, el ejercicio que proponemos consta de improvisación por ambas partes, mientras Verna dibujaba yo escribía, nutriéndome de lo que ella iba creando y sacando una historia de lo que deduzco que trata de expresar. El tiempo límite que decidimos ponernos fue de cinco minutos. Sin más, os dejo con la primera improvisación experimental a dos manos que hemos creado. Esperamos que sea de vuestro agrado:

DIBUJO

Objeto 1. Dibujo de Verna para Luces y sombras en el bosque de Eco

La naturaleza había quedado atrapada por un mal desconocido. No brotaban ya los frutos en los árboles, la lluvia no nos deleitaba más con su dulce canción. El color gris ceniza cubría el bosque de Eco, eternizando su decadencia, que parecía no tener fin. El color ceniza se tornaba entonces oscuro, casi negro. El sonido de las bestias que antaño cantaban a través de sus instintos se apagó y todo debido a aquel hierro.

El árbol central de Eco, conocido como Drassil, era el más preciado y más antiguo del viejo bosque y se encontraba ahora rodeado de un extraño metal indescriptible que ninguno de los animales vio aparecer. Los osos daban zarpazos sin cesar, los lobos lo mordían hasta que sus encías empezaban a sangrar. Pero el hierro no desaparecía.

Para desilusión de las tristes alimañas, la enfermedad no hizo más que extenderse y el gris oscuro que cubría el lugar era ahora una niebla densa y húmeda que no dejaba que los depredadores cazaran ni que las presas fueran cazadas.

Con el tiempo, a los pies de Drassil aparecieron unos clavos que frenaron más su esencia, haciendo que su dolor se reflejase en su corteza exterior. El árbol maestro se tornaba blanco, como una escultura sin vida, congelada, atrapada.

–¿Os gusta mi pie de foto? Creo que me he dejado llevar demasiado –dijo la fotógrafa.

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