Mayúsculas en la sombra

Hoy os traigo una entrada un tanto personal. Todo amor por la literatura tiene un origen más o menos lógico o legendario, o épico quizás, no sabría decirlo. El mío encuentra su explicación hace años, y lo hace mucho más allá de los libros de la colección Barco de Vapor o de la conocidísima saga de Harry Potter,  obras de las cuales no podía despegarme en mi infancia. Pero en la presente entrada no hablaré de obras influyentes o clave en mi recorrido, sino más bien de la esencia de ciertas personas que me han acompañado a lo largo de mis años de formación y que han supuesto las bases de lo que soy hoy en día en relación con la literatura.

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Objeto 1. Cómo escribir realmente mal, de Anne Fine

Os hablaré, por lo tanto y en concreto, de dos grandes personalidades que influyeron en mí y que marcaron mi camino, ambas de formas muy distintas pero igual de importantes. Y disculpad el tópico, pero sí, estoy hablando de dos profesoras, a las que no mencionaré por respeto, así que las llamaré M e Y, respectivamente. Cabe mencionar que cada una de ellas dejó su huella en mí de un modo muy particular, y que os detallaré más adelante.

Empecemos con M. A ella la conocí —o, mejor dicho, me conoció ella a mí— durante la extraña adolescencia, durante una inusual etapa en la que casi no escribía. Su carácter duro y certero me marcó durante años, y encontré en sus metódicas explicaciones un modo de aprender y, además, empezó a despertar en mí un profundo amor por la literatura de todo tipo, enseñándome que la clave de las historias que leíamos residía en la forma en la que eran contadas y no en el trasfondo temático que presentaban. M me enseñó obras clave como Nada, de Laforet (podéis leer mi crítica aquí) o Crónica de una muerte anunciada, de Gabo.

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Objeto 2. Crónica de una muerte anunciada, por Gabriel García Márquez

Además, M nos insistió siempre con las tres grandes obras que ella consideró la base de la literatura occidental, añadiendo a su teoría que esas obras debían convertirse también en la base de todo aquel que quisiera dedicarse a la literatura. M consideraba—con mucho acierto, en mi opinión— que La Biblia, El Quijote y El Señor de los Anillos eran los tres grandes libros que servían de precedente a casi la totalidad de las obras literarias que los sucedieron en el tiempo en Occidente. Debo confesar que me marqué como objetivo leer las tres obras, pero que la primera de ellas solo he sido capaz de ir leyéndola mediante retazos fragmentados. Con la lectura de El Quijote y El Señor de los Anillos, no obstante, disfruté muchísimo en su momento.

M también inspiró en mí su profunda admiración por El Señor de los Anillos, que sigue claramente latente en mí a día de hoy. De hecho, estoy actualmente escribiendo entradas casi cada semana en A Librería que guardan relación con la obra magna de Tolkien y con un estudio analítico que realizó Lin Carter llamado El Origen de El Señor de los Anillos. Podéis leer las entradas que ya he publicado aquí.

De M recuerdo también su capacidad para que mantuviéramos la atención. No todo el mundo parecía entender su objetivo, indignándose ante su insistencia, pero ella quería dejar huella en nosotros y sentir que no perdía el tiempo intentando enseñarnos literatura, sino que realmente nos estaba enseñando literatura. También recuerdo que M siempre nos aconsejaba que leyéramos de todo, que lo importante era leer: una etiqueta de champú, una revista, un cómic, un folleto informativo… Nos enseñó que todas las letras que nos rodean pueden influirnos y enseñarnos algo y que la vida cotidiana está llena de metáforas lingüísticas.

M fue alguien experimentada y perfeccionista que supuso la base original de quien soy hoy en día, de lo que escribo y de como lo hago. No obstante, ella nunca leyó de mí nada que no fueran respuestas de exámenes. M me ayudó a construir una base literaria muy sólida, haciéndome leer muy joven grandes obras y me transmitió amor y pasión por la literatura, pero también una mentalidad de esfuerzo, de ganas y de trabajo.

Por otro lado, os hablaré sobre Y, que, por su parte, llegó a mi vida cuando yo rondaba los veinte años. Ella rondaría los veinticinco y se había graduado recientemente en no sé qué variante de la Filología Hispánica. La experiencia de tener una profesora cercana a tu edad puede parecer la némesis de lo que os he explicado anteriormente, pero nada más lejos de la realidad: Y me recordó muchísimo a M en algunos aspectos, pues también me hizo descubrir a grandes figuras literarias como el Padre Feijoo o Larra. Además, Y insistió mucho en el contexto social e ideológico que nos rodeaba, haciéndonos conscientes de él y enseñándonos cómo relacionarlo con la literatura y sus contenidos más metafóricos (aquellos que se encuentran entre líneas). De forma más concreta, Y nos instó a reflexionar sobre el papel de la mujer en la sociedad y, por extensión, del protagonismo que el género femenino tiene en las obras de ficción.

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Objeto 3. Artículos de Larra (Cátedra)

De Y me quedé con sus múltiples conceptos y con su pasión por la literatura y la reflexión, siempre aconsejándonos ir un paso más allá sin importar dónde estuviéramos. De ella debo confesar que recuerdo su despedida con tristeza. Al final de su última clase —solo estuvo con nosotros durante cuatro meses— nos entregó una bolsa de ositos de gominola para que cada alumn@ cogiese uno y después se marchó, rumbo a Sudamérica.

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