No saber dibujar (y otros procesos creativos)

Si bien es cierto que en el momento de crear no hay unos parámetros establecidos, si que hay una serie de cuestiones que podemos tener en cuenta para mejorar nuestras creaciones. En la siguiente entrada me referiré al proceso creativo para toda clase de texto narrativo, pero algunos pasos pueden servir igualmente para otro tipo de creaciones que estéis llevando a cabo o que tengáis en mente empezar. No obstante, quiero recalcar que me he basado en la experiencia personal que supone estar escribiendo una novela y que por ello puede que encontréis algunos pasos o bien demasiado obvios o bien demasiado extensos para aplicarlos en otras creaciones. Sin más, os dejo con las explicaciones.

Lo más importante antes de enfrentarnos a la amenazante hoja en blanco es tener una base sobre la que trabajar. Una buena opción para llevar a cabo el paso de escribir las ideas que se os ocurran es tener un cuaderno. Podéis tener, por ejemplo, un cuaderno para vuestro proyecto actual o más importante y otro para todo lo demás en lo que estéis trabajando. En el primero apuntaréis las ideas más redondas que se os ocurran y en el segundo podéis vaciar vuestra creatividad de cualquier modo que se os ocurra. Si, además, podéis permitiros organizarlo todo por apartados, mucho mejor.

En dichos cuadernos podéis dejar salir, por ejemplo, esos chorros de inspiración que nos vienen de vez en cuando en forma de frase o texto breve o las improvisaciones escritas que os apetezca guardar como base. También podéis recoger en ellos temas que consideréis de interés o palabras curiosas que pretendáis añadir a vuestro vocabulario habitual, al que utilizáis de forma casi automática cuando escribís (lo conseguiréis si las usáis algunas veces y os acostumbráis a ellas). También podéis reforzar vuestros apuntes con dibujos o esbozos, y por muy mal que se os dé dibujar –como me sucede a mí– es algo que, en ocasiones, puede ayudar, y mucho.

Quizá el paso de apuntar todas las ideas que os pasen por la mente os suene demasiado lógico o demasiado básico, pero es algo que hay que respetar siempre; incluso cuando os despertéis de un sueño transformado ahora en recuerdo, incluso cuando penséis que no hay un soporte donde poner a resguardo vuestra idea, debéis escribirla. De la idea más básica pueden surgir grandes reflexiones y de dichas reflexiones, más tarde, pueden nacer grandísimas obras. En ciertas ocasiones, el proceso se invierte y de nuestra lluvia de ideas frente a la hoja en blanco puede surgir un texto del que podremos partir más adelante. Cualquiera de los dos métodos nos es igualmente válido para el siguiente paso.

Tras conseguir una base ideológica, pasaremos a la deconstrucción de ideas. Si bien múltiples premisas pueden fluir por nuestra cabeza y, por supuesto, debemos quedarnos con todas las que nos parezcan mínimamente aceptables, no todas serán buenas o útiles, o lo serán solo en parte. La forma de descubrir con qué quedarnos o sobre qué partir es probar a realizar un esquema –mental o escrito– en el que imaginemos que nuestra idea forma parte de un todo mayor. Llega entonces el momento de decidir si nuestra idea es algo sobre lo que construir algo más grande o si va a acabar siendo desechada. Ejemplos de las ideas que podemos hacernos son: ¿Es verosímil la premisa que queremos tratar?, ¿es coherente con lo que pretende transmitir?, ¿tiene el trasfondo esencial para formar, más adelante, un todo lógico?, ¿el personaje que estoy inventando tiene la suficiente profundidad o fuerza para formar parte de un contexto narrativo? De este modo descartaremos las ideas que no acaben de encajar o con nuestro estilo o con el universo ficticio que queremos plantear.

Si bien todo lo que he escrito en los párrafos anteriores es relatividad en estado puro, lo que si que puede resultar más coincidente es el hecho de hacer esquemas o resúmenes. El estilo de esquema que suelo utilizar yo va después de escribir una base del proyecto y se construye sobre la improvisación (obligándome a editar múltiples veces para dotar de un hilo conductor lógico a la obra), pero también podéis hacerlo al revés. Un ejemplo de esquema que he realizado y utilizado hace poco es el siguiente:

Título → Trasfondo temático y contextual → Relación de los personajes principales con el contexto → Todos los demás personajes o conjuntos (nombre, una palabra que los defina, sexo y raza) → ¿Qué suponen para la/el protagonista?

Un ejemplo de esto sería (basándome en Filia, una historia escrita en una serie de capítulos cortos que publiqué en A Librería junto con Miriam Beizana):

FILIA → Barz (un mundo postapocalíptico en guerra, invadido por una raza de reptiles humanoides) → Filia, Mater (♀, prófugas, ¿humanas?*) → Veritas (♀, miedosa, ¿humana?), Mendacium (♂, desequilibrado, ¿humano?), los Réptux (género desconocido, agresivos, el nombre supone una raza en sí misma) → Veritas y Mendacium (ayudan a las protagonistas a reforzar su desconfianza en un mundo hostil), los Réptux (son el enemigo).

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Objeto 1. Ilustración por Gemma Martínez (Verna) para el relato de Filia

El sexo de los protagonistas lo marco de este modo para equilibrar la importancia de los personajes femeninos y los masculinos, porque no me gustaría que esa cuestión quedara en desigualdad (estoy bastante cansado de encontrarme hordas de personajes masculinos en obras de ficción). Otra cuestión importante es que si no tenemos definidos algunos conceptos pero aún así son una posibilidad final, podemos rodearlo con interrogaciones, o marcando de alguna forma que no nos convencen.

Además de realizar un esquema similar al anterior, podéis ir añadiendo los sucesos (antes o después de escribir la historia o alguno de sus fragmentos) a otro esquema. Podéis relacionar los sucesos, además, con estados del/la protagonista o con los detalles que queráis. Un ejemplo, también de Filia, sería el siguiente:

Despertar de Filia/Confusión → Se encuentra con Mater/Revelación → Aparición del Réptux/Miedo

De este modo podremos tener en cuenta muchísimas cuestiones que afectan a la historia que estamos narrando, y podremos aportarle una variedad y un trasfondo con sentido y bien conectado.

Para acabar, y teniendo en cuenta la anterior cuestión que he tratado, podéis dibujar mapas (más o menos esquemáticos) de las localizaciones que hayáis escogido del mundo que tratáis en vuestra obra de ficción. El gran maestro Tolkien lo hizo y fijaos como resultó. Así, podréis jugar con los lugares y conectarlos entre sí para dotar a vuestra obra de un contexto muy bien construido (este último ejemplo mejor no lo enseño).

Middle_earth_map_wallpaper

Objeto 2. Mapa de la Tierra Media, dibujado por Tolkien, porque a mí el mío no me quedó tan bien

En resumen, el proceso creativo que habitualmente llevo a cabo es el siguiente (teniendo en cuenta que el desorden de algunos factores no altera el producto):

·Apuntar todas las ideas que se paseen por vuestra mente (podéis añadir esquemas, palabras, dibujos, relatos breves…).
·Vaciar nuestras ideas en una hoja en blanco, en forma de texto y sacar más tarde ideas de ese chorro de inspiración.
·Deconstrucción de ideas: seleccionar las premisas más convincentes o las mejores partes de algunas ideas.
·Improvisar y escribir después esquemas o resúmenes (hilando y editando la creación después para que encaje todo) o bien escribir esquemas o resúmenes y transformarlo después a un texto bien construido.
·Dibujar mapas de las localizaciones que aparecen en el texto.

Y, ahora, lo que resta es enfrentaros al monstruo en blanco.

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